El milagro de Empel

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El milagro de Empel

Mensaje  Artesana el Sáb 17 Dic - 23:09


El día que Dios pareció español

Corría el año 1585 y era invierno. En España reinaba Felipe II, el rey prudente, que ya había conocido la gloria de Lepanto y el fracaso de la Gran Armada.

El gobernador de los Países Bajos, Alejandro Farnesio, había ordenado a su infantería tomar la isla de Bommel para cerrar el tráfico de víveres que llegaba por el río a la villa de Grave, bastión de las Provincias Unidas, que habría de ser el siguiente objetivo de los Tercios.

El Maestre de Campo, Francisco Arias de Bobadilla, ocupó la plaza sin problemas, pero una vez allí cayó en la trampa de los rebeldes, que con una rápida acción de su flota cercaban la isla con más de cien buques. Bobadilla distribuyó a sus tropas por todo el perímetro de la isla, dispuesto a vender cara la plaza ganada, aun sabiendo que el cerco era férreo y la ayuda improbable.

Antes muerte que deshonra

La situación se volvió más agónica cuando el almirante Holak ordenó volar los diques que contenían los ríos Mosa y Waal, dejando la isla totalmente inundada. Los españoles buscaron refugio en las partes más elevadas, no más de cincuenta metros de superficie, donde eran presa fácil para la artillería enemiga. Bobadilla había conseguido enviar dos emisarios al gobernador, pero los intentos de romper el bloqueo por mar resultaron vanos y la maniobra del conde Mansfelt, que logró acercar unas barcas a los sitiados, fue rápidamente detectada por los artilleros rebeldes.

Bobadilla comprendió enseguida que estaba solo y así se lo hizo saber el almirante Holak, proponiéndole las condiciones de una capitulación honrosa. La respuesta de Bobadilla fue contundente: “Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos”. No en vano componían sus tropas tres de los Tercios más veteranos, en total unos cinco mil hombres, “cinco mil españoles que eran a la vez cinco mil infantes, y cinco mil caballos ligeros y cinco mil gastadores y cinco mil diablos”, había dicho de ellos el almirante francés Bonnivet.

La situación era más que crítica. Los españoles caían como moscas al fuego de los buques holandeses y en su desesperación, cavaban con los dedos la tierra inundada para encontrar algún cobijo. Fue entonces cuando un soldado descubrió enterrada una vieja tablilla, pintada al estilo flamenco y en muy vivos colores, con la imagen de la Inmaculada Concepción. Aquella familiar imagen insufló ánimo a los españoles, que, olvidando las penalidades, trasladaron a la Virgen en procesión hasta una capilla cercana y le cantaron una salve, adorándola pecho en tierra y encomendándose a ella.

El milagro empezó a obrar, porque aquel 8 de diciembre, el frío parecía hostigar menos y el hambre se soportaba mejor, encontrando en la calidez de la imagen algún amparo para sus húmedas ropas. Bobadilla vio en ese ánimo renovado la mejor ocasión para tomar la iniciativa, ya que, si habían de morir, mejor sería en combate, cara a cara con el enemigo, que en aquellas madrigueras anegadas en las que se cobijaban. Por la noche, los cinco mil ‘diablos’ españoles estaban resueltos a atacar el cerco enemigo y salvarse por la Virgen o morir sin quedar uno.

Cofrade Bobadilla

De madrugada se levantó un viento gélido poco habitual en aquellas latitudes. La temperatura bajó de forma asombrosa y las aguas de los canales comenzaron a helarse. Al asomar el día, las tropas del conde Mansfelt hicieron tronar sus cañones para debilitar el asedio rebelde.

Los españoles, resueltos a abandonar la isla, vieron cómo sus captores tenían ahora un doble problema, el fuego de sus aliados y el hielo que empezaba a cuajar y dejaba a los barcos en peligro de quedar encajonados. El almirante Holak no tuvo más remedio que recular si no quería empezar a perder su flota y los españoles pudieron escapar a pie, de tan sólido que se había vuelto el hielo.

La huida de los bravos tercios no se limitó a ponerse a salvo. Por el camino, asaltaron todos los fuertes de las islas que iban ganando poniendo en fuga a su guardia y hasta lograron hacerse con diez navíos y más de dos mil prisioneros. El almirante holandés solo pudo explicar aquello de una forma: “Tal parece que Dios es español al obrar contra nosotros tan grande milagro”.

La victoria española tuvo un alto precio. Muchos soldados sufrieron las amputaciones de sus miembros congelados y otros cayeron al fuego enemigo. Algunos de los supervivientes formaron la Cofradía de la Virgen Concebida sin Mancha, de la que Bobadilla fue su primer cofrade. El milagro de Empel hizo que muchos de los Tercios Viejos optasen por la advocación de la Inmaculada Concepción y en 1892, esta Virgen se convirtió en la patrona oficial de la infantería española.

Patrona de España

El 8 de diciembre de 1854, el papa Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción, que reconocía que la Virgen María había sido concebida sin pecado original. En España, el reconocimiento de este misterio había sido sostenido por el arraigo popular desde mucho antes.

En el XI Concilio de Toledo el rey visigodo Wamba ya era titulado ‘Defensor de la Purísima Concepción de María’, abriendo una línea de fieles devotos entre nuestros reyes. Monarcas como Fernando III el Santo, Jaime I el Conquistador, el emperador Carlos I o su hijo Felipe II han sido fieles devotos de la Inmaculada y han portado su estandarte en sus campañas militares. Francisco Murillo será en el siglo XVII el que mejor represente la imagen de la Inmaculada y el que fije su iconografía con la túnica blanca y el manto azul celeste. Tanto fue así que en el siglo XVIII el papa Clemente XIII proclamará a la Inmaculada patrona de España y del Imperio hispánico “sin perjuicio del patronato que en ellos tiene el apóstol Santiago”.

17 DIC 2011 | Pedro García-Luaces

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Invitado, gracias por leerme.

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