LAS HABILIDADES DE AMBROSIO

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LAS HABILIDADES DE AMBROSIO

Mensaje  Cristino Vidal Benavente el Vie 13 Abr - 22:50



Ambrosio era un señor que tenía muchas habilidades, las cuales lucía con mucha frecuencia, pero que no servían absolutamente para nada. El caso es que causaban la envidia de mucha gente, pero a él no le reportaban ningún beneficio económico, que era lo que hubiese preferido. También es verdad que, igual que despertaban la envidia e incluso admiración de mucha gente, no es menos cierto que había otro grupo muy numeroso que se burlaba de esas presuntas habilidades e, incluso, otro más a la que le traían sin cuidado. Como se ve, de todo hay en la viña del Señor.
Una de las habilidades que más envidia y, por otro lado, repulsa concitaba, era que cuando le daba la gana se tiraba un pedo de la longitud que quisiera, pero eso sí, sin olor de ninguna clase, ni bueno ni malo, aunque no sé si los habrá de buen olor; tan sólo era el ruido el que se manifestaba. Es como si en una tormenta se escuchara el trueno y no se viese el relámpago, cosa por demás extraña.
La gente “a favor” aplaudía entusiasmada y le daba palmaditas en la espalda, como aprobando y ensalzando esa habilidad y la gente “en contra” le miraba con ojos de una mal disimulada repugnancia. El se encontraba en el medio de los dos bandos y a veces se alegraba de ser el protagonista de ese momento y otras, en cambio, caía en el desánimo y tristeza, al ver que su habilidad no era digna del aplauso de mucha gente.
En la oficina era la diana de todas las miradas de sus compañeros, para bien y para mal.
Tenía otras habilidades, no se vayan a creer que sólo le adornaba la mentada, pues movía la oreja derecha a una velocidad tan increíble que parecía un abanico manejado por una vieja hecha un manojo de nervios. Igualmente, deletreaba al derecho y al revés la palabra constantinopolitano ( explicaba a todo el mundo que quería decir “natural de Constantinopla”, esto es, la actual Estambul, que antes se llamó así, como más antes se había llamado Bizancio). Daba gusto oírle exhibir esta habilidad sin equivocarse y con una velocidad vertiginosa
Otra de sus “hazañas” era la de, estando de pie, levantar una pierna y llegar con el pie hasta la oreja del lado contrario, cosa dificilísima como es de suponer, al tiempo que recitaba “Oigo, Patria, tu aflicción”, que había aprendido en la escuela de pequeño.
No eran esas las únicas habilidades que poseía, pues también contaba con la de memorizar los teléfonos de toda la gente que se lo pedía, pues a veces olvidaban hasta el de su casa y tenían solucionada la papeleta con acudir a la memoria de Ambrosio. Era más fácil esto que llevar la guía telefónica bajo el brazo y era raro el día que pasaba sin que alguien le consultara por un número de teléfono de su ciudad.
Otra de sus habilidades era la de cantar “Macarena” en un dialecto de la isla de Madagascar, que le había costado un tiempo y esfuerzo enormes traducirlo. Daba gusto escuchar la canción, que acompañaba con los gestos y aspavientos reglamentarios
recomendados por “Los del Río” .
Tenía varias más, muchas de ellas muy curiosas, pero no es cosa de sacar aquí todas ellas, que con las dichas ya hay bastante para saber que era muy habilidoso nuestro hombre.
A pesar de todo, trabajaba en la oficina como uno más y no sacaba más partido de sus habilidades que el aplauso de unos, la repulsa de otros y la indiferencia del resto, que en sólo estas tres partes se dividía la sociedad de la ciudad. Este último grupo era el más
numeroso, pues en la ciudad le ignoraba casi todo el mundo, evidentemente.
Su vida transcurría plácidamente, hasta que un día que estaba chequeando las cuentas de una importante firma japonesa, que importaba los productos que se fabricaban en la fábrica en la que trabajaba, le llamó el director general a su despacho. Tuvo un sobresalto ante la llamada nada menos que del mandamás, temido y odiado por el carácter vesánico que le adornaba, o más bien todo lo contrario, que no era un adorno precisamente.
Se armó de valor y caminó hacia el despacho donde le citaban, acompañado de la mirada sorprendida de sus compañeros, que no le auguraban nada bueno. También iba acompañado del miedo que sentía y no pequeño.
Al llegar a la puerta, que era la primera vez que iba a traspasar, pues nunca había tenido la mala o buena suerte de que el jefe supremo se fijase en él, se santiguó, ceremonia que había visto muchas veces. No sólo la había visto en la misa, que Ambrosio era un ferviente católico y acudía a la iglesia cada domingo y fiestas de guardar, sino también en la tele, cuando un jugador de fútbol iba a entrar en el campo. Lo hacían por ser un acontecimiento harto importante, como el que ahora le esperaba a él.
Al oír la palabra “adelante”, penetró con una serenidad que a él mismo sorprendió, dispuesto a lo que fuese menester, ya reconfortado por el exorcismo que tuvo lugar al santiguarse.
Don Anselmo, que así se llamaba el señor Director General, le recibió con una amplia sonrisa, buen presagio del acontecer que allí le aguardaba a Ambrosio, según pensó éste.
Hasta se levantó del sillón rotatorio que le servía de asiento, para ir a su encuentro con la mano extendida y una sonrisa de oreja a oreja. Nunca le había visto sonreír, por lo que se dijo para sus adentros que a la primera ocasión que tuviera lo comentaría con los compañeros. Así presumiría de haber visto esa sonrisa esquiva hasta ese momento y atestiguar que el Director General, además del saber del negocio que se le suponía, sabía también sonreír. Quizá tuviese que jurar por lo más sagrado que era cierto lo que estaba diciendo y eso lo sabía hacer él muy bien, al igual que el santiguarse, qué más da.
Repuesto de la sorpresa, Ambrosio adelantó su mano con timidez, para estrechar la de Don Anselmo, quien la escondió entre las suyas.
Después de este recibimiento protocolario, el Director General señaló hacia un sofá que había en el despacho y cogiendo del brazo a su empleado tomaron asiento juntos.
Ni que decir tiene que aquello llenó de satisfacción a Ambrosio, pero también un pensamiento morboso cruzó por su cerebro con la rapidez del rayo; ¿y si D. Anselmo era de la “cáscara amarga” y se había fijado en él con aviesas intenciones?, pero enseguida desechó tal pensamiento, pues su interlocutor tenía sus manos bien apartadas
y en sus cara no había ni sombra de gesto libidinoso.
Ahora fue el Director General el que le ayudó a tener la seguridad de que la conversación no iría por ese tortuoso camino. Súbitamente, le preguntó si estaba contento con su trabajo y si el sueldo que tenía asignado era el que creía merecerse.
Ambrosio pensó que quizá pudiera aprovecharse de la coyuntura, pues ésta le parecía propicia y hacer saber a su superior que pensaba era acreedor a una subida prudencial del sueldo que disfrutaba. No lo hizo por si se estaba equivocando y las cosas pudieran ir por otros derroteros, así que optó por echar por la calle del medio, contestando que sí estaba contento con el trabajo. Como se calló con referencia al sueldo, el Director General insistió y le preguntó sobre este asunto de nuevo. Ambrosio pensó rápidamente que sí era el momento idóneo para solicitar un aumento, por pequeño que fuese, pues no le cabía en la cabeza que se le hubiese llamado para decirle que ganaba más de lo que le correspondía, si la empresa era la que le fijó su estipendio. Seguro de que estaba en lo cierto, dijo con firmeza y comedimiento que sí esperaba de la magnanimidad y sentido de la justicia de D. Anselmo una subida bien merecida, que le agradecería de por vida.
Éste le dijo que se lo pensaría con calma, pero adelantaba que había muchas posibilidades de que se llevara a cabo, lo cual alegró sobremanera a Ambrosio .
Como ya se había roto el hielo entre ambos y las cosas que se habían dicho eran suficientes para liquidar los prolegómenos, Don Anselmo se dirigió a su empleado y le espetó que sabía de sus habilidades, aunque nadie se lo había dicho.
Ambrosio se sonrojó y pensó que ahora le caería el chaparrón que en principio esperaba y que no se había producido porque su jefe estaba jugando con él como lo hace un gato con un ratón. Eso era lo que creía con seguridad, como también que habría sido Ramón, que era un chivato redomado, el que había informado a D. Anselmo de las habilidades a que hacía mención. Sea como fuere, en lo primero no acertó y en lo segundo le quedaría siempre la duda, inclinándose por que sería lo más probable.
El Director General tranquilizó con un gesto amable a su subordinado y hasta le halagó,
diciéndole que se alegraba de esas habilidades antedichas y que gracias a ellas podría hacer un servicio a la empresa que ésta le recompensaría generosamente.
Ante el estupor de Ambrosio, continuó diciendo que la empresa se encontraba en una encrucijada regular tirando a mala y por más que había pensado en cómo salir de ella, no encontraba el camino. Los métodos clásicos parece ser que no eran válidos, pero mejor será que expliquemos algo de la empresa, su dedicación y la situación en que se encontraba.
“Tornillos Zurdos, S.A.”, que así se llamaba la empresa en cuestión, se dedicaba a la fabricación de tornillos de rosca inversa, es decir, que se introducían girando a la izquierda y no a la derecha, como es habitual. Esto la hacía única en el mundo, pues a nadie se le había ocurrido ni pensarlo siquiera.
La empresa la creó D. Anselmo Minglanilla Caraycruz en el año 1.976, cuando apenas en España comenzaba a dar sus primeros pasos la democracia, a la que se había incorporado el personaje con todo entusiasmo.
Anselmo Minglanilla había sido disidente en la época del general Franco y tras muchas peripecias había ido a parar a Moscú, Rusia, recalando en la “Universidad Patricio Lumumba”. Allí conoció a muchos estudiantes extranjeros, con algunos de los cuales compartió ideas sobre bastantes cosas, sobre todo con un joven japonés llamado Kahito, al que le unió una amistad profunda y verdadera.
En las horas en que quedaban libres, hablaban sobre todo lo divino y humano y no se daban cuenta que iban derivando sus preferencia hacia el capitalismo, tan odiado en la Unión Soviética. Quizá intuyeran que el comunismo caería estrepitosamente unos años más tarde, para desaparecer y quedar vigente sólo en lugares apartados, donde también acabará cayendo.
Decidieron salir de naja, convencidos de que allí nada tenían que hacer y cada uno se dirigió hacia su patria y en la despedida se prometieron estar en contacto por carta, explicándose su modus vivendi en ellas.
Kahito comunicó a Anselmo que una vez llegado a Japón, conoció a una chica de la que se enamoró perdidamente, terminando por casarse con ella. Miloto, que así se llamaba su ahora esposa, era la hija única de un importante financiero nipón, dueño de muchos millones de yens y de un carácter bondadoso y liberal. Comprendió que a Kahito le vendría muy bien colocarle a la cabeza de una de sus muchas empresas y así lo hizo, con el contento y agradecimiento del joven. El excomunista, espoleado por la deferencia de su suegro, pensó que podría aumentar una empresa más a las que ya poseía éste y montó una fábrica de ordenadores, cámaras de vídeo y fotográficas. Al principio le fue muy bien, pero luego, al parecer, le copiaban los americanos los prototipos y los construían iguales, pero más baratos, pues no tenían que pagar a los cerebros grises que inventaban tales aparatos, que no eran pocos, así como tiempo y materiales empleados. De este modo, la fábrica iba acumulando pérdidas y Kahito lo estaba pasando muy mal, viendo que de poco le servía su entusiasmo y total dedicación a la fábrica.
Se lo comentó el nipón a su amigo Anselmo y éste, una vez leyó la carta, se puso a pensar qué podría hacer para ayudarle.
Dándole vueltas en la cabeza, se le ocurrió una idea peregrina, pero que quizá fuera la solución y era que para que no copiasen los americanos a los japoneses (quién iba a pensar en esto, cuando siempre había sucedido todo lo contrario) hacer que los tornillos que pusieran los americanos no entrasen en los orificios correspondientes por estar la rosca al contrario.
Para ganar tiempo, le habló por teléfono, explicando su idea. Al principio Kahito pensó que era una broma, pero al final admitió que podría ser una solución. Se puso manos a la obra y encargó a sus ingenieros y diseñadores que hicieran nuevos prototipos de tal modo que los tornillos roscaran en sentido inverso. Estos entendieron la jugada y así lo hicieron y la empresa se puso a fabricar febrilmente sus productos, de tal modo que invadió el mercado mundial, vendiendo millones de unidades y cogiendo de sorpresa a los americanos. Éstos no podían contrarrestar esta ofensiva de la marca japonesa, pues no tenían tiempo para cambiar su maquinaria.
Ante tal éxito, Kahito agradeció a Anselmo su contribución al mismo y lo hizo personalmente, pues viajó hasta España, para así enfatizar más este agradecimiento.
No sólo eso, sino que convenció a Anselmo para que montase una fábrica de tornillos de rosca inversa; incluso le dio generosamente el dinero necesario para ello, sellando así la amistad de que habían hecho gala ambos. Ante la negativa a aceptarlo por parte de Ambrosio, Kahito le hizo ver que era el pago del servicio prestado y así se cerró el pacto, que incluso le parecía poco y aquél lo comprendió
Montó su fábrica el español y como era de esperar el negocio iba viento en popa, pues la fábrica de Kahito hacía peticiones de tornillos inversos constantemente. El éxito del japonés se reflejaba en el del español y así fue durante mucho tiempo, pero hubo un sucedido que vino a dar al traste con todo ello. Kahito había tenido un accidente de tráfico y había fallecido, quedando al mando de la fábrica que él regentaba su segundo en la misma, que ya tenía otro modo de pensar.
Este personaje era muy valioso y Anselmo sabía de esa valía por boca de su amigo, como también sabía de sus excentricidades. Solterón empedernido, le gustaba el trago y la dulce compañía de alguna geisha, que utilizaba como “descanso del guerrero”, pues en la fábrica trabajaba hasta la extenuación. Además, tenía una afición muy curiosa y era la de haber ido reclutando a gente que fuese capaz de hacer las cosas más raras e inverosímiles que cupieran en una imaginación normal. Había aglutinado a toda esta gente en una especie de federación, de la que era el presidente y cada semestre acudían a un lugar diferente a mostrar sus ingenios, mañas y destrezas. La federación se llamaba “Sólo nosotros podemos y sabemos” y estaba muy orgulloso de presidirla, tanto que su cargo era vitalicio.
La dicha federación estaba extendida por todo el mundo y su reglamento era muy estricto a la hora de admitir nuevos socios. Naturalmente, éstos eran personajes no sólo habilidosos, que realizaban proezas insólitas para el común de los mortales, sino también ricos que podían permitirse el lujo de desplazarse a cualquier lugar de la tierra y maniáticos para hacerlo.
En cada reunión o asamblea, mostraban sus habilidades y las puntuaban, concediendo un diploma a los tres que mejor truco o habilidad habían exhibido. La siguiente reunión tenía lugar en la ciudad donde residiera el ganador con más puntuación, si bien no podrían ser dos seguidas.
Precisamente, la próxima se celebraría en Yokohama, donde Kimono, que así se llamaba nuestro personaje, regentaba la fábrica propiedad del suegro del malogrado Kahito, por haber sido el ganador del concurso anterior.
Kimono había pensado que para qué necesitaban importar de España los tornillos de rosca inversa, si los podrían hacer en Japón y se ahorrarían el flete. Por muy difícil que fuera fabricar los tornillos, ya llegarían ellos a conseguir acondicionar la maquinaria precisa para ello.
Con tal motivo, escribió una carta a “Tornillos Zurdos, S.A.” en la que hacía entrever su maniobra, o al menos D. Anselmo así lo intuyó y se echó a temblar ante esa posibilidad.
Llevaban varios años trabajando sin problemas, con su producción colocada al cien por cien y recibiendo el importe de sus facturas religiosamente.
El japonés, tan cortés como había sido Kahito, quiso venir a España a discutir sus planes con D. Anselmo y tal hizo, acompañado de un intérprete de español, porque, dijo, pensaba que era más fácil encontrar un japonés hablando perfectamente el español que un español hablando regular el japonés.
Llegaron un viernes a Madrid y D. Anselmo se fue a recibirles al aeropuerto, para trasladarles al hotel y como los dos días posteriores no se trabajaba, se ofreció a acompañarles por la ciudad y aledaños. Aceptaron encantados y así anduvieron los tres de la ceca a la meca, como vulgares turistas, ya visitando el Palacio Real y el Museo del Prado, ponderando ambas maravillas y asegurando que no había parigual en ningún lugar del mundo.
Toledo y El Escorial también fueron objeto de su visita y no digamos los mejores restaurantes de la ciudad, aunque dijeron que ellos los tenían iguales (no quisieron decir mejores, por la consabida cortesía oriental). Pero lo que más les gustó, en contra de lo que se hubiera podido pensar, fue el alternar en las tascas del centro de Madrid.
La tarde del domingo les llevó D. Anselmo a los toros, en cuya plaza se mantuvieron hasta que se acabó con la vida del primer astado y acto seguido dijeron que para comer carne de toro no hacía falta tanta parafernalia y menos martirizándolo primero.
D. Anselmo, adivinando la opinión de Kimono y aunque era un abonado al tendido 9 de la plaza, dijo que a él tampoco le gustaba una fiesta tan salvaje y que les había llevado por ser una de las primeras cosas que preguntan los foráneos cuando llegan a España.
Para que se les borrara la impresión, les llevó por la noche a un “tablao” flamenco y allí sí gozaron de lo lindo y hasta estuvo Kimono a punto de arrancarse por sevillanas, acompañando al cuadro titular. Explicó que también había esta clase de espectáculos en Tokio y asistía a ellos de vez en cuando y hasta dijo que no desmerecían del que estaban viendo, que era “El Corral de la Morería”.
Cuando terminaron el domingo, D. Anselmo les llevó al hotel y después de desearles una buena noche, se despidió hasta el día siguiente, en que mandaría a recogerles para llevarles a la oficina y tratar allí del asunto al que habían venido.
No durmió en buena parte de la noche, pensando cómo se desarrollaría la entrevista del día siguiente con Kimono y cuáles serían las consecuencias si éste tomaba la determinación de romper amarras con “Tornillos Zurdos, S.A.”. En tal caso, el cierre de la fábrica estaba asegurado, porque ¿dónde podrían colocar los tornillos que hacían?; toda la maquinaria estaba confeccionada para hacerlos al revés de los demás, así que quedaba obsoleta completamente.
Cuando ya había transcurrido gran parte de la noche, logró conciliar el sueño, cansado de dar vueltas en la cama y como era de prever soñó con Kimono y sus presuntas intenciones, pero en el sueño resolvía su problema mejor que en la realidad, según temía.
En el sueño veía a Ambrosio corriendo a caballo persiguiendo al japonés, hasta que le derribaba de un certero lanzazo y a éste, una vez en el suelo, arrodillarse ante su atacante, pidiéndole perdón y entregándole una llave.
Cuando se despertó, esa visión onírica le vino a la cabeza con una claridad que parecía ser real. Hizo un gesto, como desechándola, para despejar su mente y se metió en el cuarto de baño, dispuesto a darse una buena ducha y acicalarse, para dar la sensación de que tenía bien cargadas las pilas, pero el dichoso sueño no se iba de su pensamiento.
Cuando iba en el coche hacia la oficina, retornaba el sueño repicando con estridencia su mente, hasta conseguir dedicarle su completa atención y ahí fue donde cayó en la cuenta de que quizá fuera una premonición y podría ser Ambrosio quien le ayudara a solventar el grave problema en el que se encontraban.
Cuando iba a mandar al limbo este pensamiento, le vinieron a la memoria las habilidades de Ambrosio y dándose una palmada en la frente, se dijo “pero hombre, claro, hay que mostrárselas a Kimono y es posible que esto sea lo que nos salve”.
Efectivamente, si el japonés se interesaba por ellas, como era lo más probable, tenían mucho ganado en su consideración. Sólo faltaba que las encontrara dignas de figurar entre las mejores de las que tenía conocimiento.
Sea como fuere, no veía otra salvación para la empresa y estaba dispuesto a arriesgarse pidiéndole a Ambrosio su colaboración y así lo hizo.
Habíamos dejado a D. Anselmo y a Ambrosio en el despacho del primero y una vez que hemos expuesto lo que antecede, no es difícil adivinar que el Sr. Director le pediría a su empleado mostrar sus habilidades ante Kimono, en el cual seguro que harían mella, si las consideraba interesantes.
No le quedó mucho tiempo a Ambrosio para pensarlo, pues sonó el teléfono y una voz avisaba al Jefe Superior que los japoneses estaban listos para entrar en su despacho.
D. Anselmo se dirigió a Ambrosio y dándole una palmadita en la espalda le dijo se fuese para su sitio, que primero tenía que ver por donde giraba la conversación con Kimono y si era necesario su concurso le llamaría enseguida.
Entraron los nipones al despacho, precedidos por una secretaria, que se retiró una vez los acomodó frente a D. Anselmo y éste rompió el hielo ofreciéndoles un cigarro puro, que declinaron. Después hizo un gesto con la mano abierta como diciendo “adelante, que estoy a la espera de sus palabras”.
El intérprete comenzó a traducir lo que Kimono iba perorando, se supone que literalmente y ,efectivamente, D. Anselmo no se había equivocado, porque el japonés exponía su punto de vista, impecablemente comercial, de que lo conveniente, lógico de entender y sencillo de realizar, era poner en Yokohama una fábrica de tornillos reversos. Así se ahorrarían en los costes de producción, que podrían ir a parar o bien a bajar los precios para aumentar las ventas o bien a aumentar la cuenta de resultados.
El Señor Director General, consciente de que no podía perder esta batalla, mencionó la amistad que le había unido a Kahito, que sus tornillos eran inmejorables y todos los pedidos se habían servido con prontitud. Se había dado un amplio crédito a la empresa japonesa, que pagaba a voluntad y sin agobios, que montar una fábrica de tornillos reversos no era fácil, pues se necesitaban técnicos muy especializados. También había que contar con el tiempo para hacerlo y en el entretanto las fábricas de Estados Unidos se lanzarían como fieras a invadir los mercados donde Kimono había logrado imponer su ley.
Esto último le debió afectar al japonés, pues frunció el entrecejo, pero no pasó de ese gesto, aunque fue aprovechado por D. Anselmo para tomarse un respiro y ofrecer una copa de vino español, recurso ampliamente recurrido, valga la redundancia.
Con la copa en la mano, utilizó la otra para hacer sonar un timbre y a la llegada de la secretaria la comunicó que hiciese el favor de hacer entrar a Ambrosio, el de contabilidad.
Como si estuviese esperando a la puerta la llamada de su jefe, entró el solicitado con prontitud y haciendo una reverencia a los japoneses y una breve inclinación de cabeza al Sr. Director General, fue a sentarse donde éste le indicaba.
Dirigiendo su mirada al recién llegado, le dijo deleitase a los extranjeros con algunas de sus habilidades y Ambrosio comenzó a mover su oreja derecha, tal como ya hemos descrito más arriba.
Los japoneses le miraron con curiosidad y Kimono se levantó de la silla y movió primero una de sus orejas y después la otra y, para cerrar esta sesión, movió ambas a una velocidad casi supersónica. Esto hizo mella en Ambrosio, que se quedó patidifuso, pero D. Anselmo le conminó a que siguiera exhibiendo más habilidades.
El pobre empleado no podía negarse y sacó a relucir la de deletrear “constantinopolitano”, a lo que el japonés contraatacó con una seria de palabras casi el doble de largas, en acción capicúa.
Después cantó en el dialecto malgache, pero el japonés se arrancó con la canción “Francisco Alegre” en un dialecto de la isla de Mindanao del siglo XV antes de Cristo, según aclaró el intérprete.
Parecía que iba ganando el japonés, que miraba con ironía a Ambrosio y de vez en cuan do a D. Anselmo, como diciéndole “pero de qué vas, ignorante”.
El español pensó que algunas de las otras habilidades que dominaba no merecía la pena sacarlas a colación, pues se veía claramente que no impresionarían al japonés. Sin embargo, estaba seguro que lo que venía a continuación dejaría con los ojos cuadrados a Kimono. Se levantó de la silla y sobre la pierna derecha levantó la izquierda y llevó el pie hasta la oreja del lado derecho, es decir, al lado contrario. Se le alegró la cara, pensando que en esta ocasión el triunfo le sonreiría.
El japonés ni se inmutó, lo que hizo a D. Anselmo perder toda esperanza y así fue, porque Kimono se puso también de pie y asentó su pierna izquierda y llevó la derecha hasta la oreja, pero a la oreja del mismo lado, esto es, la del lado derecho, como si fuese de goma.
Los españoles no podían dar crédito a sus ojos, pues era una postura inconcebible y jamás se les hubiera podido ocurrir que tal cosa fuese factible.
Ambrosio quedó anonadado, viendo que era impotente en esta lid y pensó que nada tenía que hacer con las habilidades de su rival. Ya daba la fábrica por cerrada y en el paro, cuando no hacia ni media hora que estaba soñando con un aumento de sueldo.
Esta vez, ya cabreado, recurrió a su habilidad más controvertida, no por rivalizar, sino porque le apetecía sacarla en esos momentos, después de su fracaso y diciendo “a la mierda todo” (nunca mejor dicho), se tiró un cuesco que retumbó en la habitación como un trueno. Después, haciendo como que apuntaba con una ametralladora, fue dilatando cada pedo con intermitencia.
Una vez consumada esta “hazaña”, se dirigió a la puerta y salió hacia su mesa para recoger sus cosas, pues daba por sentado que ya nada tenía que hacer allí.
Echó una mirada a sus compañeros, asesina para Ramón, el chivato y se disponía a salir a la calle para irse a su casa y allí esperar acontecimientos, cuando se abrió bruscamente la puerta del despacho del jefe, que salía con cara sonriente. Le alcanzó casi en la puerta y le agarró del cuello y se lo llevó casi a rastras, ante su estupor.
Una vez en el despacho, el intérprete le dijo que el Sr. Kimono quería saber si eso lo hacía cuando quería, a lo que contestó, ya más tranquilo, que estaba en lo cierto.
Aunque no entendió las palabras, Kimono se dio cuenta de lo que decía y le animó a repetirlo, lo cual hizo Ambrosio, una vez todo seguido hasta que el japonés cortó el tiempo, otra con intermitencias, otra instantánea, como si fuese un estampido y de cualquier manera que Kimono apuntaba con el gesto.
Éste se quedó encantado y le preguntó varias veces si era posible que le enseñase a hacerlo, ante lo que Ambrosio contestó que eso no podía ser, que era completamente intransferible.
Kimono les tranquilizó sobre el asunto que le había traído a Madrid y prometió que seguirían las relaciones como hasta el presente, pero con la condición de que Ambrosio tendría que acudir a las reuniones de su Asociación, sin faltar ni una sola vez. Los gastos correrían de su cuenta y firmarían un contrato inmediatamente para que Ambrosio se comprometiera a quedarse en la empresa hasta su jubilación, pero eso sí, con un aumento de sueldo considerable.
Esa noche, celebraron con una cena pantagruélica el acuerdo y ya a los postres Kimono le pidió a Ambrosio tirarse el último pedo por el momento, pero el español se negó, ante lo cual el japonés achicó los ojos más de lo que los tenía. Esto le indicó a Ambrosio que no era conveniente negarse y ni corto ni perezoso soltó uno de los instantáneos que pareció un trueno; tanto es así, que la gente que había en el restaurante miró hacia las ventanas, sorprendida de no haber visto ningún relámpago.
Kimono se mostró satisfecho y una vez terminada la cena y tras una no muy larga sobremesa llevaron a los japoneses al hotel y los dos españoles se fueron a celebrar el éxito de su “invento” a una discoteca.
Kimono se fue pensando en el protagonismo que adquiriría en la presentación del español en la próxima reunión de su Asociación y los españoles para qué vamos a insistir en lo felices que se quedaron.

Cristino Vidal Benavente.



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