La gata Bengalí

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La gata Bengalí

Mensaje  Agustinconchilla el Jue 17 Ene - 21:50

Los descuidos son de humanos, ya se sabe. También la tía Pepa lo era y un día que salió con prisas para asistir al entierro de un familiar olvidó cerrar la ventana. La gata Bengalí descubrió la abertura y salió más contenta que la hija de Azucena en primavera para encaramarse en el columpio del jardín. La gata, además, salió más zalamera que Juana, la del Candelas, cuando se colocaba el picardías transparente para provocar las acometidas de su Ambrosio. El gato de la Anastasia, no obstante, gozaba de un olfato infalible y salió al encuentro de la gata parda de su vecina con el rabo en alto y la nariz oliscona. Aquello agradó a la gata de la tía Pepa que más lejos de huidas se arrimó a la pelambrera del siamés y se restregó sobre su lomo. El gato entró en armonía y no lo pensó dos veces, se dio media vuelta y al descuido de la tía Pepa… Anastasia, por el contrario, complacía con la visión que percibía a través de la ventana y gozaba mucho más con ver a su gato Siamés sobre la grupa de la gata Bengalí de la tía Pepa que cuando ella misma se sumergía en los apretujones que el pícaro del cartero le propinaba entre las herramientas del trastero; al que semanalmente accedía con la escusa de la firma de una carta certificada o la entrega de un paquete postal urgente.
La hija de Peina burros, por el contrario, estaba tan rellenita que cuando caminaba por las calles empinadas de la localidad se le rozaban los muslos interiores y le sobrevenían las escoceduras. Ello provocaba la abertura de las piernas, aunque para evitar males mayores avanzaba como si ya anduviera herida por las escoceduras de las ingles. Aun así, los halagos virtuales de la tía Panzuda le calaron tan hondo que ahora caminaba más contenta que una colegiala en el día de su comunión.
—Pero tú has visto bien a la Fernanda, Juan —recalca la tía Panzuda a su marido.
—Sí la he visto, sí. La hija de Peina burros le pega a las migas y al tocino que no veas. Aunque el caso es que no sé cómo no se da cuenta de lo mal que le cae un vestido tan inapropiado para sus carnes.
—Dónde no hay agua, Juan —prosigue la tía Panzuda—. Donde no hay agua no se puede sacar —repite—. Por mucho que profundices en el subsuelo de la rambla, tierra y más tierra habrías de encontrar.
—La de Peina burras, —toma la palabra Juan, su marido—, cree que luce algo bonito y no me cabe duda, lo es. Sin embargo, en ese cuerpo de burra embarazada se aprecia como si fuera la vestidura de una monja, o una túnica apropiada para abrigar la grupa del caballo de don Jacinto.

Agustín Conchilla
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