Las migas de la tía Pocha

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Las migas de la tía Pocha

Mensaje  Agustinconchilla el Jue 17 Ene - 21:55

Fernando no conocía mucho sobre mujeres ni tampoco sobre los beneplácitos que, según sus amigos se obtenían de las relaciones corporales, en pareja. Pese al desconocimiento insistía en calar la bandera sobre un terreno rústico, duro e infranqueable. Con más ahínco, además, que el tío Cabrera cuando calaba la cuchara en la sartén de las migas de su vecina, la Pocha. La Pocha invitó al tío Cabrera a degustar las migas por casualidad: mera educación, sin más deseo que el de la simple cortesía.
—Mira que doraditas están las migas, Cabrera, si gustas de probarlas siéntate y toma unas cucharadas.
Invita la Pocha al tío Cabrera con la boca empequeñecida, por si acaso, y omite más detalles. El estómago del tío Cabrera, sin embargo, implora algo más que relajación y palabrería de amistad.
—Gracias, Pocha —se acoge a su generosidad—. Qué buena eres, mujer —añade con los ojos fijos en el contorno de las migas tostaditas que se apretujan sobre la cavidad de la sartén.
—Entre convecinos sobran las gracias, hombre.
—Tienen buena pinta, ¿verdad?
—Prueba, prueba y ya me dirás, ya.
—Uuummm. Efectivamente —confirma en la primera cucharada—. Están como todo lo que pasa por tus manos, ángel de los cielos. Eso es lo que eres, un ángel divino que no merece mi desplante y claro que tomaré unas cucharaditas, cómo no.
El hambre del tío Cabrera, sin embargo, no sabe guardar la compostura, se abre de piernas sobre la silla de madera con recubrimiento de Anea y deja la mitad de la sartén más brillante que la lengua de la gata la dejaba entre los platos del fregadero. La gata, no obstante, también deja su propia pelambrera tan limpia que la Pocha la recuesta sobre la cama como si fuera la figura de un santo. Ahora, sin embargo, la Pocha gira las órbitas como autómata, entre la cuchara, la sartén y la boca del tío Cabrera.
—¿Entonces están buenas, no? —pregunta con más desgana que satisfacción.
El tío Cabrera la mira de soslayo y gesticula más que un gorrión en el comedero de la jaula de un periquito.
—Uuummm, qué ricas están tus migas, Pocha —confirma y vuelve a meter la cuchara—. Qué buena cocinera eres, moño —añade.
El tío Cabrera se amorra de nuevo sobre la sartén y gesticula tres mil parabienes mientras limpia la comisura de los labios con la manga del jersey de lana. El tío Cabrera descansa un instante, observa los alrededores, descubre la bota de vino que pende sobre un clavo de la pared y se aferra a ella. El tío Cabrera le apretuja el culo y le retuerce el cuello. Mientras el vino le desborda por la comisura de los labios relaja postura y aprovecha para soltarle una dentellada a la guindilla picante que adorna la superficie de las migas sobre las proximidades de la parte de la tía Pocha. No obstante, sin concluir la degustación arremete con lo que pilla al paso, lo traga entre vuelta y vuelta y casi se atraganta con el tocino y los arenques. La tía Pocha es humana y aunque muestra incomodidad se levanta a la precipitada, le palmea la espalda a lo virulento y gracias a ello vuelve la cara del tío Cabrera a la normalidad. Por el contrario, la cara de la tía Pocha se muestra disgustada, blanquecina. Frota la barriga y sin pronunciar esta boca es mía se golpea la cuchara contra su propio muslo. La incomodidad de la Pocha, sin embargo, acrecienta con la glotonería del tío Cabrera y tabletea los pies sobre el suelo como si su organismo padeciera la enfermedad del mal de San Vitos: Párkinson.

Agustín Conchilla
avatar
Agustinconchilla

Mensajes : 11

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.