RELATOS

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Prosa poética y narrativa RELATOS

Mensaje  Cristino Vidal Benavente el Sáb 11 Dic - 14:40


ASI, ASI, ASI GANA EL MADRID

Iba yo tan contento bajando la Avenida de la Reina Victoria, hacia el Estadio Metropolitano, donde aquella tarde se iba a decidir el Campeonato de Liga de la Primera División española. Recuerdo que era en abril del año 1.946 y la liga estaba al rojo vivo, pues el Real Madrid era el líder del la División de Honor con 47 puntos y le seguía, pisándole los talones, el Atlético de Madrid, con 46, de modo que aquella tarde se sabría el desenlace, alegre para unos y triste para los otros. Me refiero a las hinchadas de ambos clubes, pues si ganaba el Real Madrid o empataban, el campeón de la liga sería el equipo “merengue”, ya que terminaría con 49 puntos en el primer caso, mientras que su rival terminaría con los 46 con los que comenzaba el partido. En el segundo caso, es decir, empatando, el Real Madrid llegaría a los 48 puntos, mientras el Atleti quedaría con 47, es decir, uno menos que el rival, pero si era el Atleti el que ganaba los dos puntos en juego, se sumarían a sus 46, para llegar a 48, uno más que los de enfrente, proclamándose campeón de la liga de esa temporada.
El Real Madrid estaba a punto de terminar su Estadio Bernabéu, o de Chamartín, como se le solía nombrar y por tal motivo estaba jugando los partidos “de casa” en el campo del Atlético de Madrid, que le cedió graciosamente, siguiendo la trayectoria del bien hacer del club colchonero a través de su historia.
Esa tarde, era un Real Madrid – Atlético de Madrid, es decir, que se jugaba en casa del Real Madrid, aunque por las circunstancias apuntadas, el campo pertenecía al equipo contrario.
Bonita tarde de primavera y la gente se acercaba al campo uniendo la emoción del encuentro y lo agradable de la temperatura, por lo que con ambos alicientes el estadio se llenó a rebosar.
Preámbulo inolvidable para mí, con el himno del Atleti resonando en todo el campo por los altavoces, al término del cual los aplausos se hicieron ensordecedores y ambas aficiones, la atlética o “colchonera” y la madridista o “merengue” se aprestaron a tomar fuerzas engullendo un bocadillo, en su mayoría de calamares, que era lo más común en aquellos momentos, por lo relativamente barato, al tiempo que comenzaba el partido, tras el pitido del silbato del árbitro.
En aquella época, el Atleti tenía un equipo muy potente, en el que descollaban Silva, aquel medio derecho, canario, de una finura jamás igualada en un campo de fútbol (a propósito, recuerdo de él que, posteriormente, en un encuentro con el Real Valladolid, equipo de moda esa temporada, con siete preseleccionados en sus filas, con los dos hermanos Lesmes, Matito, Ortega, Lasala, Coque…que vino al Metropolitano con ínfulas de campeón por ese motivo. Pues salieron derrotados por un tanteo de 7 a 0, esto es, un gol por cada uno de los preseleccionados que exhibía y ese día, lo recuerdo como si hubiese sucedido ayer, la madre de Silva acudió al estadio por primera vez y el jugador de las islas hizo, probablemente, el mejor partido de su vida).También estaba Juncosa, un veloz extremo, Escudero, potente delantero centro y dos interiores de lujo, que hoy harían las delicias de los aficionados con un juego preciosista y efectivo al mismo tiempo, que eran el marroquí Ben Barek y el sueco Carlsson y llevando el timón como entrenador Helenio Herrera, deslenguado, pero sabio en su quehacer.
Comenzó el partido con precauciones por ambos bandos, como suele suceder en estas ocasiones y todo indicaba que se cumpliría el pronóstico, que daba ganador al Real Madrid, aunque con escaso margen.
Esta impresión sólo duro unos 10 minutos, pues a partir de ese momento comenzó el Atleti a desarrollar su habitual juego rápido y bien trenzado que dejó al Real Madrid desarbolado y a su merced y al cuarto de hora Ben Barek traducía en gol el buen juego del equipo y el 0 a 1 subiría al marcador, decimos bien, pues el partido se estaba jugando en el campo propiedad del Atlético de Madrid, pero en esa ocasión los “colchoneros” oficiaban de visitantes. No obstante, en el marcador apareció 1 – 0, ante el estupor del público, que consideraba, con razón, que el marcador no reflejaba la verdad. La gente comenzó a querer comprender y achacó el error al empleado que se encargaba de poner los números en el marcador, por la costumbre, creyendo que se los estaba apuntando al equipo de siempre, esto es, al Atlético de Madrid, cuando los metía en el Metropolitano. Esa impresión corrió como la pólvora por el graderío y cuando el equipo del Atleti volvió a marcar el marcador reflejaba 0 - 2 . Lo mismo sucedía cuando se marcaron los 3 restantes, haciendo un total de 0 a 5 a favor de los “colchoneros”, que esa tarde hilaron, cosieron y bordaron un fútbol de altos vuelos, haciendo verdaderas diabluras. No fueron más debido a la proverbial suerte del Real Madrid y a que sus rivales no quisieron humillar a los que, al fin y al cabo, son colegas en la profesión y llevan el nombre de Madrid en sus camisetas, como ellos.
Sin embargo, entre las aficiones sí hubo sus más y sus menos, pues los seguidores de los vencedores se burlaban con rechifla de los blancos, señalándoles el marcador y coreando a voces Real Madrid 5 Atlético de Madrid 0 y las carcajadas se oían en La Cibeles, lugar donde se reúnen los partidarios del Real Madrid en las grandes ocasiones de su equipo. Pero aquel día allí no había nadie celebrando nada, que nada tenían que celebrar.
Abandonamos el campo, ondeando nuestras banderas al viento suave del atardecer y hasta Cuatro Caminos era una fiesta, con alegría desbordante y una hemorragia de rojo y blanco como serpiente bicolor.
Aún tengo memorizados los cánticos de esa tarde y antes de llegar a casa entré en un bar de Bravo Murillo, a tomar unas cañas y allí no se hablaba de otra cosa que del baño que “habíamos” dado a nuestros eternos rivales. No me explico por qué, pero las cañas, en ese momento, me hicieron recordar a la ambrosía.
Dormí de un tirón, con la sonrisa puesta en mi boca, que me duró hasta que bajé a la calle con prisas por comprar el MARCA, cosa que hacía todos los días, pero en el quiosco habitual se había agotado y ya temía no poder pasar mis ojos por las letras que hablarían de la hazaña del Atleti. Continué a paso ligero hacia el próximo punto de venta de prensa, donde allí sí lo encontré, pero me tuve que pellizcar para comprobar que no estaba durmiendo todavía ante lo que estaba delante de mis ojos, en la primera página del diario: El Real Madrid campeón de liga, tras vapulear de manera inmisericorde al Atlético por 5 a 0. Figuraba en letras grandes y en rojo, junto a una fotografía del marcador del estadio, con ese 5 – 0 ya comentado, apareciendo también en páginas interiores que hasta los seguidores del Atleti habían cantado, uno por uno los goles que le había metido el Real Madrid a su equipo, pero no mencionando que era en tono irónico, dando a entender todo lo contrario.
No podía dar crédito a mis ojos, pero allí estaba, frente a mí, haciéndome dudar si no estaría soñando en ese momento y para salir de dudas eché una ojeada a los restantes periódicos y pude comprobar que en todos aparecía la victoria del Real Madrid y pensé que la noticia la distribuyó la agencia efe y de ahí la unanimidad.
Vi que no sólo yo era el sorprendido, pues mucha de la gente que pasaba a mi lado iba comentando también lo sucedido, algunos con cara de sorpresa y los más de indignación, pues en el barrio de Cuatro Caminos se contaban por miles los aficionados al fútbol partidarios del Aleti.
Transcurrieron los días y el resultado del partido era la comidilla de las calle y de los mentideros de todo Madrid.
El presidente del Club, que a la sazón era D. Manuel Gallego, hizo unas declaraciones explosivas, defendiendo la legitimidad del equipo a ser el verdadero campeón de liga de la temporada, lo que hizo salir a la palestra al presidente del Real Madrid, D. Santiago Bernabéu que con su habitual cachaza le rebatió diciendo, por todo argumento: “Santa Rita, Santa Rita, lo que se da no se quita. El diario MARCA, órgano oficial del Movimiento nos ha dado la victoria y a ver quién se atreve a corregirle”.
Era tanta la indignación de la grey atlética, que el Sr. Gallego no tuvo más remedio que recurrir a la justicia, alegando todo lo que había de irregular en la concesión del campeonato de liga al Real Madrid, pero la justicia, como tantas veces, tardaba en ofrecer su veredicto, hasta que al fin lo dio a conocer. Era, ni más ni menos, que dar la razón al Real Madrid, que había presentado, al parecer y según su criterio, pruebas concluyentes para que se le otorgase en propiedad el tan traído y llevado título.
Los abogados del Real Madrid, sin duda los mejores de España, habían conseguido inclinar la balanza a su favor, no sólo por su inmensa sapiencia, sino. y con más motivo, por las relaciones que mantenían con todos los estamentos más influyentes del país y no digamos de las relaciones del equipo con los miembros del Gobierno. Ellos siempre han estado favorecidos por la Administración cuando lo ha necesitado, ya que el Real Madrid siempre ha sido y será el “equipo del Gobierno” y hay que mencionar en su favor que nunca ha chaqueteado y siempre ha estado y estará en su lugar, sin cambio alguno, el que cambia es el Gobierno y hasta el régimen, pero ellos no.
La sentencia, a todas luces injusta, hizo mella en el ánimo de los seguidores del Atleti, que cada día aumentaban en su fobia al equipo contrario y a la justicia y el descontento desbordaba a pasos agigantados la prudencia de la que hacían gala siempre.
Un domingo por la noche, aparecieron unas octavillas que repartían unos jóvenes, se supone que partidarios del equipo “colchonero”, en las bocas del metro y en otros lugares estratégicos, como la Puerta del Sol, Plaza Mayor, Glorietas de Atocha y Cuatro Caminos, etc y a la puerta de los bares a los que concurría una numerosa y abigarrada clientela. Así también en la Calle de la Victoria y aledaños y tascas más visitadas de las plazas y calles más significadas y en las que se invitaba a la asistencia a una manifestación de protesta por lo que consideraban una injusta sentencia de los tribunales contra el Atleti . Esta tendría lugar el domingo siguiente a las 8 de la noche, comenzando en la Plaza de España y recorriendo la Gran Vía, para terminar en la Plaza de Cibeles.
Esto hacía que las cosas tomaran mal cariz y que incluso intervinieran en el asunto personajes relevantes del cotarro político y hasta en las Cortes se comentó por los pasillos. Incluso en una sesión a celebrar en las cortes sucedió que los ministros y diputados que son como la demás gente, aunque no lo parezca, sobre todo a ellos, se enzarzaron en una discusión que iba subiendo de tono, hasta el extremo de que parecía se llegaría a las manos. La cortó de raíz el ministro de la gobernación D. Camilo Alonso Vega, al cual soterradamente se le conocía como “D. Camulo”, indicativo de su carácter, que tuvo la feliz ocurrencia de cuadrarse, hacer el saludo militar y levantando la voz cuanto pudo, exclamar: “A sus órdenes, Excelencia”, mirando a la puerta de entrada, ante lo cual se acallaron inmediatamente las voces y haciéndose un silencio sepulcral, ante el temor de que fuera el Caudillo en persona el que irrumpiera en la sala sin previo aviso.
No fue así, pero hasta sus oídos llegó la noticia, pero corregida y aumentada, pues alguien, con aviesa intención, había exagerado las consecuencias que podría traer la tal manifestación, para que se tomaran las más duras represalias policiales.
Al Generalísimo, que estaba en todo, no se le pasó por alto que los enemigos de España aprovechasen la ocasión de sacar partido de una simple manifestación futbolera, arrimando el ascua a su sardina con la habilidad que les caracterizaba, como de costumbre.
Seguramente, pensó que ya tenía bastante con soportar a las emisoras que hostigaban constantemente al régimen desde la odiada Unión Soviética y los países sojuzgados por ella y que, aunque con deficiente audición, escuchaba una minoría clandestinamente en la España de la época. Además estaban los problemas que había en los Pirineos con los maquis, por lo que se le ocurrió la idea de que tenía que intervenir personalmente, con objeto de conseguir acallar a todos los que estaban inmersos en el debate.
Mandó llamar a su secretario y le ordenó tomar nota de lo que le iba dictando, para que se publicase al día siguiente en el Boletín Oficial del Estado, con la observancia de obligado cumplimiento y así dar carpetazo a un conflicto que podría traer graves consecuencias para la estabilidad de la patria.
No recuerdo la literalidad del decreto que se publicó en el B.O.E., pero sí la sustancia del mismo y, en esencia, venía a decir que oídas ambas partes que habían ocasionado el motivo del litigio y tratando de conseguir la más exquisita equidad, igualando a ambos contendientes para así hacer sentir a cada uno el haber recibido lo mismo que el otro, ordenaba que a cada uno se le concediese un punto de los dos en juego. Es decir, considerar que había terminado el partido empatado y así no habría ni vencedores ni vencidos, felicitándose por haber conseguido una fórmula que forzosamente tenía que dejar satisfechos a los dos equipos, al haber recibido por igual.
Claro que lo que el Caudillo consideraba una solución salomónica no satisfizo a la hinchada atlética, pero tuvo que acatarla, por no haber más altas instancias a las que recurrir.
De esta manera, el Real Madrid sumó un punto a los que tenía y quedó con 48, proclamándose Campeón de Liga 1.945/46, mientras el Atlético de Madrid aumentaba también un punto, pero se quedaba en 47.
También es verdad que tanto esa liga como las anteriores y las que luego siguieron tienen un claro y justo vencedor si entrasen en competición las aficiones de los diferentes equipos y no sería otra que la del Atlético de Madrid, ejemplar en todos los sentidos. Es amante del Club y de todo cuanto representa, con alegría desbordante en las victorias, haciendo una piña de hermandad, sin ofender ni menospreciar al contrario, al igual que hacen nuestros jugadores en el terreno de juego, sin chulería, llamada ahora prepotencia por eufemismo y una tristeza infinita en las derrotas. Esto nos impele a querer más a nuestro Atleti, al que nunca abandonamos, como si estuviésemos matrimoniados con él y así no nos separamos de su vera ni en la alegría ni en la tristeza, virtud exclusiva de la familia atlética.
Ese fue el origen de esa cantinela que se escucha de vez en cuando, aunque no con tanta frecuencia como debiera, pues ocasiones de hacerlo las hay y muchas, en los campos de fútbol de todo el país:
ASI, ASI, ASI GANA EL MADRID.
Ya sé que algunos me dirán que esto es un cuento, pero yo les diría, a mi vez, que es cierto que es un cuento, pero que podría haber sido una realidad, dada la trayectoria de ambos protagonistas.
Quiero añadir que al Real Madrid le debemos mucho y lo reconozco, habiendo sido el mejor embajador que jamás ha tenido España, a la que se la conoce en cualquier punto del planeta no exclusivamente por ello, pero sí en gran medida gracias a su concurso. Al hacer este cuento, no me ha guiado la animadversión hacia él, sino dar forma a un pensamiento común entre mucha gente de nuestro país, que comparto plenamente, lo reconozco y que nadie se sienta ofendido por ello.
Cuando digo pensamiento de mucha gente, me refiero a que somos muchos los que pensamos que, además de la potra que le acompaña desde siempre, baste recordar que cuando sus delanteros tiran a gol y el balón da en el poste, lo hace terminando dentro de la portería la mayor parte de las veces. Al contrario, cuando los ejecutores son de cualquier otro equipo, no digamos del Atleti, el balón que da en el poste rebota indefectiblemente hacia la línea de córner, en el mejor de los casos. Cuando interviene en un sorteo, sea en la Copa de España, sea en la Copa de Europa, siempre le toca el rival más fácil y si la clasificación se hace por el sistema de liguilla, el grupo en el que cae será siempre el más débil, por arte de birlibirloque.
Ya sé que al Real Madrid no debe achacársele su buena suerte y que para sí la quisieran los demás equipos, pero es que se puede tomar hasta como agravio comparativo, aunque no lo sea. Hasta tiene la suerte de su mala suerte y me explico: cuando va ganando por 2 o 3 a cero, uno de sus delanteros tira a puerta y el balón da en el poste o el travesaño y se va fuera o el árbitro pita un penalti inexistente en su contra, ambas cosas de acontecer rarísimo y se tiran un montón de tiempo comentándolo y aumentándolo, no sólo sus aficionados, sino la radio y la televisión, que junto a los periódicos parecen ser propiedad del Real Madrid. Esto le sirve de coartada y ya tienen tela por cortar durante años y años.
Dejemos aparcada la suerte y vayámonos a las ayudas que recibe ese equipo de gentes que no tendrían por qué ser proclives a prestar su concurso a la consecución de las metas madridistas, comenzando por los árbitros. Si tienen alguna duda, siempre inclinarán su decisión a favor de este equipo, cuando no directamente sin duda ninguna que la justifique y se podrían citar numerosísimos casos que corroborarían este aserto, para mí indiscutible y no sólo los árbitros españoles. También los del resto de Europa, cosa incomprensible para mí, pues le arbitran en competiciones internacionales únicamente, lo que supone que muchos más espectadores les pueden juzgar, al televisar a toda Europa, o quizá todo el mundo, esa clase de partidos, con el consiguiente riesgo para ellos.
Y no es que compre a los árbitros, como creen muchos, idea que no comparto de ninguna de las maneras, sino que su solo nombre impone un no sé si respeto o miedo, que hace inclinar la balanza hacia el mismo platillo, el de siempre, que no hace falta mencionarlo por ser de sobra conocido.
COLORIN COLORAO, QUE ESTE CUENTO S’ACABAO.


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Prosa poética y narrativa QUE LA PAZ SEA CON TODOS NOSOTROS

Mensaje  Cristino Vidal Benavente el Jue 16 Dic - 11:48

Aquel día estaba un poco mohíno, pues me dolía la cabeza debido a la pantagruélica comida, acompañada por una no menos copiosa bebida y me acosté la siesta en el sofá del salón. Era incapaz de resistir más la modorra y no tardé mucho en sentir que me sumía en un duermevela placentero, que poco a poco se iba haciendo más profundo...
Eran las 6 de la tarde y casi todo el pueblo estábamos en el auditorio, que formaba parte del complejo lúdico, junto al polideportivo, gozando con el concierto que daba una banda de música que había venido de Toledo, especialmente a la fiesta de Cuasimodo. Estaban tocando como los propios ángeles, cuando, de pronto, las campanas comenzaron a sonar desaforadamente ante el estupor general. Se notaba que tocaban a rebato y que el motivo no podría ser baladí, por el empeño que ponían en llamar nuestra atención. Así era, pues una vez acallado el ruido de la música, alguien con un micrófono en la mano comenzó a gritar, llamando la atención sobre un punto distante, sobre el cual el humo se hacía cada vez más denso.
Todos a una nos lanzamos en aquella dirección y al ver que la casa del tío Mauricio era pasto de las llamas, nos aprestamos a buscar un lugar en donde recoger agua en los baldes que encontrábamos por los alrededores, pues estaba algo alejada del pueblo y no llegaban hasta ese lugar las tuberías del agua corriente. La echábamos sobre el fuego con toda ligereza, tratando de que no se propagase al lugar donde tenía estabuladas sus ovejas, que con tanto esfuerzo había logrado juntar. Con ellas y gracias a la leche que generosamente entregaban, lograba sobrevivir desahogadamente, junto con su familia, uno de cuyos hijos era manco de nacimiento y al cual prestaba sus mejores cuidados.
Por fin, conseguimos que el fuego no llegase ni hasta los animales ni hasta las pacas de forraje que almacenaba en un recinto cercano.
Todos estábamos satisfechos de haber conseguido que la desgracia no llegase a mayores y fuimos desapareciendo, cada uno a su casa, pues los esfuerzos para apagar el fuego habían durado tanto como estaba previsto que durase el concierto que estábamos escuchando. No fue sin antes recibir las más efusivas gracias del tío Mauricio, que se multiplicaba para llegar a todos y cada uno de los que habíamos participado como bomberos circunstanciales.
Caminaba despacio hacia mi casa y me encontré con Ramón, que caminaba más despacio todavía y para calmar un poco la angustia que me acompañaba por lo ajetreado de los momentos vividos durante el incendio, me tomé la libertad de invitarle a unas cañas en la taberna de Ezequiel. En este lugar tenían unas tapas riquísimas por lo cual aceptó de muy buena gana, agradeciendo la deferencia, que lo era por partida doble, esto es, la invitación al trago y que fuese, precisamente, en ese lugar.
Tomamos con avidez la primera caña,. tras lo cual llegó la segunda y poco a poco la conversación se hacía cada vez más fluida e interesante, al menos eso sentía yo.
Hablamos de lo bien que había venido el tiempo atmosférico, ventajoso para toda clase de cultivos, con las lluvias y temperaturas adecuadas, que favorecieron a las cosechas de aquel año. Poco a poco salían otros temas, tanto de interés nacional como local y así llegamos a meternos de lleno en el de las elecciones próximas para elegir el consistorio, que serían dentro de mes y medio, según ya era sabido.
Con prudencia, pero con consistencia, le comenté que el candidato que proponía su grupo no daría la talla, en caso de ser elegido alcalde, como tampoco presentaba un programa que hiciese pensar que iban a conseguir llegar a hacer realidad sus deseos de gobernar en el pueblo. Ramón me contestó que no era lo mejor que podrían haber pergeñado, pero que tampoco estaba tan mal, habida cuenta que la presentación que el representante del colectivo rival, según le habían comunicado vía “radio macuto”, dejaría mucho que desear.
Sobre este tema nos detuvimos más en la conversación y cada uno expuso sus puntos de vista con corrección y respeto a las opiniones contrarias, como no podía ser de otro modo. Estábamos entre personas civilizadas y, además, como se trataba de una cosa tan cercana y que a todos afectaba por igual, ambos grupos se inclinarían por ofrecer, y después ejecutar, el mejor programa posible.
No tardó en incorporarse a la reunión Ramiro, el fontanero forastero que hacía poco que había llegado al pueblo, seducido por el ambiente que disfrutábamos en el mismo, amén del chollo que había encontrado. Había comprado una casa muy confortable y amplia, con un jardín espacioso en un precio realmente bajo, todo hay que decirlo y pronto terció en la conversación, extremando la prudencia por el hecho de sentirse todavía como gallo en corral ajeno.
Ni que decir tiene, Ramiro trató de nadar entre dos aguas, dándonos la razón a ambos por igual, si bien quiso aportar también sus opiniones, bien divergentes de las nuestras, como cuando decía que no entendía bien el porqué de no participar ningún político de la capital de la provincia en los mítines que tenían lugar en el auditorio en días inmediatos a los comicios. Tanto Ramón como yo mismo le pusimos al corriente de que hacía tiempo que esto no sucedía por común acuerdo de los dos grupos predominantes en el pueblo. Entendíamos ambos que no sólo se trataba de que se bastaban y sobraban por sí mismos para explicar lo que querían hacer en bien de todos los ciudadanos, sino que de ninguna manera podían entender mejor que la gente del lugar las necesidades y metas adonde querían llegar, aparte de los recursos con los que podían contar para ello.
A todo esto, se podría sumar la indiferencia con la que habían sido recibidos, cada vez más acentuada y a esto también agregar los gastos que ocasionaban, que podían ser aplicados a necesidades más perentorias o al menos más dignas de tener en cuenta según nuestro criterio, a sabiendas de que lo que iban a decir ya lo sabía todo el mundo, yéndose por las ramas y abandonando el tronco.
Todavía había algo más importante y era que ninguno de los dos grupos, aunque algunas afinidades sí había con cada uno de los dos partidos políticos que a escala nacional se repartían la tarta del país, había llegado, por separado, a la convicción de que lo más justo y honrado era hacer la guerra por sí mismos. No querían estar sometidos a consignas partidistas, que siempre miraban al mismo lado, es decir, hacia dentro, por lo que habían dejado de ser meros comparsas bailando al son que les tocaban, cualquiera que fuera la melodía.
El tiempo les había dado la razón y la diferencia en el proceder se manifestaba de forma fehaciente en los resultados, que ahora eran más positivos en todos los órdenes y particularmente en el que hacía referencia al bolsillo, en el orden material y la convivencia en lo moral.
Cuando dos conspicuos representantes de cada partido nacional se juntaron y hablaron con absoluta sinceridad, llegaron a la conclusión de que valía la pena hacer las cosas con independencia, lejos de las ataduras a gente extraña y hemipléjica mental. Ello conllevó hablar y obrar con más franqueza, ajustándose a la realidad, sin ditirambos ni palabras rebuscadas, con bonito plumaje y vacías de contenido.
Para diferenciarse, los de un grupo decían que eran partidarios de alguno de sus más carismático representante y así decían, por ejemplo en el momento que estamos reviviendo: “yo soy de Anastasio”, porque éste era el más acérrimo defensor de las ideas de uno de los dos bandos, si bien no llegaba hasta el “sostenella y no enmendalla”, como tampoco llegaba a ese extremo el referente del otro bando, Ismael. Ambos eran enemigos, digamos políticos, aunque no era extraño verlos juntos en uno de los bares que se consideraban neutrales en la política partidista del pueblo, pero aunque juntos, no revueltos. A cada uno se le veía su tendencia sin necesidad de que la explicase explícitamente, ni mucho menos quitarle las capas de piel virtual de sus pensamientos.
Ramiro callaba y asentía, aunque no convencido plenamente, pero ya llegaría con el tiempo ese convencimiento, que las cosas son como son y no como las diga éste o aquél.
El tiempo iba pasando y no tardaron en llegar las vacaciones de los chiquillos, que estaban esperando como justo premio a sus arduos menesteres, pues los profesores les exigían el mayor esfuerzo posible, en la seguridad de que posteriormente se lo agradecerían tanto los chicos como sus padres y tutores. El esfuerzo realizado se convertía en un mayor saber y entender, lo cual capitalizarían después en los quehaceres de la vida. Como tanto los maestros como los padres estaban de acuerdo en los métodos empleados al ver los resultado, no había ningún punto de fricción entre ellos, que eran los más interesados en llegar a recoger los máximos logros. Si algún chiquillo protestaba de la dureza en el sistema empleado, se le decía con toda firmeza, pero con palabras y ademanes de lo más suave, que era lo más conveniente para él y que, como muy inteligente que era (esto le desarmaba, como es lógico suponer), llegaría al convencimiento de que se le hablaba no sólo con sinceridad, sino con la seguridad de que era para su bien y que terminando el curso volverían a hablar sobre ello, a ver qué opinaba en esa ocasión. De este modo, todos quedaban convencidos
Los maestros tuvieron la feliz idea de convocar, como colofón al curso escolar, unos encuentros entre los niños, tanto para ver los avances en lo deportivo como en lo intelectual, con sabrosos premios para el primer alumno clasificado. El importe había salido de una aceptable subvención sacada como con fórceps de las arcas de la comunidad autónoma y las aportaciones voluntarias de los padres. Estos la habían hecho con mucho gusto, sabiendo en qué se iba a emplear el dinero que entregaban, amén de la consabida rifa que tiene lugar en estas ocasiones y cuyas papeletas compran generosamente los padres y amigos, por lo que participan dos veces en el mismo fin.
Primero comenzaron los más pequeños, que hicieron el simulacro de una clase en la escuela, con el aplauso de sus padres y allegados y la verdad es que estaban para comérselos.
A renglón seguido, eran los siguientes en edad a los que tocó divertir a la concurrencia, para lo cual les habían preparado para bailar y cantar unas jotas castellanas, incluso ataviados con lo que se consideran trajes carpeños.
Un partidillo de fútbol, de media hora cada tiempo, llegó después y era lo que con más ansiedad esperaban los chicos y que terminó con empate a 4 goles, entre la algarabía de los más ruidosos, adjudicándose ambos bandos la victoria moral.
El programa estrella llegó después, cuando subieron al estrado dos grupos, el uno compuesto de 5 chicos y el otro de 5 chicas, ya de los más grandes y que rivalizaron en materias de las más difíciles que encontraron, en su criterio, para llevarse el sustancioso premio final, consistente en 1.000.00 euros.
Como era de esperar, los chicos ganaron de calle en las materias de ciencias y las chicas en las de letras, dándose así un empate que se tuvo que romper finalmente. Decidieron que María Ronda por el lado de las chicas y Ernesto por el de los chicos, ya que ambos habían sido los más sobresalientes de sus respectivas formaciones, fueran los encargados de hacerlo.
Ernesto era un muchacho aplicado, que al tiempo que iba a la escuela se encargaba también de ayudar a su madre en el mantenimiento del hogar, trabajando en un huerto que antaño llevase el padre. Este había muerto hacía 2 años en circunstancias penosas, pues fue arrollado por su propio tractor, cuando éste, por culpa del freno mal puesto y estando en pendiente pronunciada se deslizó. José María, padre de Ernesto, fue corriendo a tratar de contener la mole que representaba el tractor y cayó bajo sus potentes ruedas, muriendo en el acto. A esta muerte se sumó el agravante de que también Ernesto iba no muy lejos de su padre y recibió un golpe en todo su cuerpo, afortunadamente de refilón, pero suficientemente dañino como para dejarle una de las piernas en muy mal estado y parte de la cara magullada, quedando su boca con un rictus desagradable y lastimoso. Este gesto le atormentaba cada vez que se miraba al espejo, repercutiendo en su carácter, antes afable y sonriente y ahora huraño y taciturno, fruto del complejo subsiguiente. María Ronda, por el contrario, era una chiquilla alegre, estudiosa y romántica, muy dada a la lectura, sobre todo a la que tuviese algo que ver con biografías y poesía castellana.
En lo que estaban parejos era en los muchos nervios que ambos tenían, pensando en cómo responderían a las expectativas de sus profesores.
Estos, D. Leandro y Dª Mercedes, se pusieron casi tan nerviosos como sus pupilos, pero supieron disimularlo, enviándose una sonrisa mutua.
El encuentro fue muy reñido y a Ernesto se le vio muy nervioso, quizá pensando en los 1.000 euros, que podría llevarse a casa donde serían bien recibidos, si ganaba y esto le hacía perder votos, pero se defendía como gato panza arriba. En cuanto a María Ronda, se encontraba más entera (ella no pensaba en el dinero, que de sobra tenía, ya que era la hija única de un constructor de viviendas y tal como estaba ese mercado se le suponía con dinero más que suficiente para pagar los caprichos de su hija) y a medida que pasaba el tiempo se iba creciendo, haciendo más honda la brecha que les separaba.
Como guinda, recitó unos versos que ella misma había compuesto, entre el aplauso del público, totalmente entregado y la tristeza y estupor de Ernesto, que veía alejarse los 1.000 euros de su alcance.
Quizá fuesen los nervios los que traicionaran al chiquillo, pues algunos fallos no hubiesen ocurrido si este encuentro hubiese tenido lugar en el aula de la escuela, sólo ante sus compañeros como testigos y el profesor como regidor.
Sin ninguna duda, María Ronda fue proclamada ganadora del concurso con todo merecimiento y sin ninguna objeción, lo cual la llenó de contento al conocer el fallo y se abalanzó sobre sus padres, que se habían adelantado a abrazarla.
Cuando hubo recogido su dinero, miró hacia el lugar en el que estaba Ernesto y lo vio con la cabeza gacha, pugnando por esconder unas lágrimas que casi estaban a punto de aflorar a sus ojos y entonces se sintió culpable de algo, sin saber explicarse de qué. En un arranque que no pudo controlar se dirigió a él, le abrazó y le entregó el cheque que tan merecidamente había ganado, pero que le quemaba en la mano y tomando el micrófono que tenía a su disposición exclamó: este premio es de Ernesto, porque si no ha estado lo bien que se esperaba de él ha sido por los nervios, que le han traicionado. y estoy segura que me hubiese ganado en buena lid en circunstancias normales.
Si antes los aplausos habían sido fuertes y sinceros, ahora lo fueron ensordecedores y a Dª Esperanza sí se le cayó una lagrima, que se bebió con el labio inferior y fue tan ligera como le permitían sus zapatos de tacón alto hacia la niña, para estamparla dos sonoros besos no sin antes abrazarla efusivamente.
Ernesto quiso protestar, pero ya no tuvo fuerzas para hacerlo como él quería y no tuvo más remedio que claudicar, agradeciendo a su compañera y rival en la contienda el gesto tan hermoso que acababa de regalar a la concurrencia.
Por extraño que parezca, este gesto de María Ronda lo hubiesen firmado casi todos los niños del pueblo, pues los maestros se habían ocupado en cuerpo y alma en adiestrar a sus chicos, comenzando por la bonhomía.
No estaban casados los dos profesores que habían tenido a su cargo a los dos contendientes finales y su dedicación a los alumnos era completa y gratificante. Incluso se excedían en sus atribuciones, pues muchos días se quedaban en las aulas tratando de hacer entender alguna cosa difícil a algunos chiquillos menos preparados.
Muchas cosas las compartían, porque estaban mucho tiempo juntos y así empezaron a soñar con métodos revolucionarios y sencillos, que hiciesen engancharse a los niños a las enseñanzas departidas y lo mismo hablaban de drogas, demostrándoles lo absurdo de caer en esa aberración, que les enseñaban cosas cuyos frutos cosecharían años más tarde. Eran tan simples como sentarse con la espalda erguida, o dormir en cama dura, para que la artrosis no llamase con mucha fuerza a edad avanzada, a saber respirar, para que nuestros pulmones no se comprimiesen más tarde, por no haberlos ejercitado, a no caer en la tentación del primer cigarrillo. También a hablar con alegría, seguridad y elegancia, a desechar las palabras malsonantes y soeces, a no proferir frases ofensivas, hirientes y malintencionadas, a tener limpio su propio cuerpo y el entorno en el que se desenvolviesen, así como tantas cosas que aprendiéndolas de pequeños se nos quedan más indelebles y que lamentamos no haberlas aprendido en la niñez y pubertad, con lo fácil que hubiese sido aprenderlas y retenerlas, para haber hecho uso de sus enseñanzas.
Ellos fueron los que convencieron al alcalde que debía esforzarse en conseguir que el pueblo fuese conocido por su limpieza, seguridad, trato a forasteros y así lo hizo, para regocijo de propios y extraños. En sus calles y aledaños no se veía ni un solo papel, ni una sola bolsa de plástico o cartón, ni una sola lata de cualquier líquido, en el suelo, pues había papeleras en lugares estratégicos que incitaban a ser recipientes de cualquier clase de basura y a cualquiera le hubiese dado vergüenza no hacer uso de ellas.
Era tal el contento y orgullo que sentíamos los carpeños por disfrutar de un pueblo como el nuestro, sin problemas mayores en la convivencia, que si alguien llegaba procedente de otro lugar y trasgredía estas reglas que nos habíamos marcado con general consenso, que cualquier espectador lugareño le llamaría la atención, para que cumpliese con este ritual, con mesura y buenas maneras, pero no exenta de tanta firmeza como fuese necesaria.
Recuerdo que no fue fácil llegar a la situación actual, pero finalmente ganó la partida lo conveniente para todos, orillando los intereses particulares y más que eso nuestro empeño en hacer lo que nos daba la gana, obviando a los demás. Recuerdo un caso que se me gravó en la mente y que presencié por aquella época y que protagonizaron Rafael, el churrero y Armando, el panadero, que después desapareció del pueblo, quizá impelido por su egoísmo de hacer su real gama, a ver si en otro lugar lo conseguía. Iba Rafael por la acera de su calle y en esto que Armando salía de su panadería y unos pasos más allá tiró un papel al suelo, por lo que recibió una reprimenda del primero que le afeó tal conducta. Armando se molestó por ello y contestó muy malhumorado que la calle era de todos y por tanto también suya, pudiendo hacer lo que se le antojase. Estas palabras tuvieron su réplica en las de Rafael, que le contestó que si era de todos también era suya y no consentiría que se la manchase y para mayor claridad, que si era de todos podría repartirse y a cada uno le tocaría un pedazo y qué cosa más natural que éste fuese al lado de su propia casa. De esta manera, en ocasiones posteriores se tenía que abstener de afear la parte que no le correspondiese y se limitase a echar la basura en su propia puerta y ante este aserto tan contundente y de sentido común no tuvo más remedio que callarse. No recogió el papel, cosa que hizo Rafael con estudiada naturalidad, diciéndose a sí mismo y a quien le hubiese observado que no se le caían los anillos por ello. Hubo más altercados, cada vez menos, pero ya están aparcados en el saco del olvido.
Y llega la muy ansiada fiesta del Apóstol Santiago, fecha cumbre en el santoral local, que parece que parte en dos el año, antes y después de Santiago, teniéndolo de referencia incluso para el clima y hasta los vencejos nos abandonan pasando las fiestas mayores con puntualidad germana.
Había una Hermandad de Santiago, muy antigua y prestigiosa a la que pertenecían muchos habitantes del pueblo y también algunos carpeños que estaban alejados del mismo, pero que sentían un hormigueo cuando barruntaban la proximidad de las fiestas. Por su mente pasaban nítidas las imágenes de la procesión, la Misa Mayor y las carreras de caballos, espectáculo insólito, del que nos sentimos todos tan orgullosos.
Este año había una controversia, pues casi al 50% se había dividido la Hermandad entre los que opinaban que sacrificar a los gansos que se cuelgan de una cuerda para que los caballistas les arranquen la cabeza era una crueldad inútil. Por otra parte, los que mantenían que la tradición, aunque ya adulterada, pues siempre se habían colocado todavía vivos, así lo aconsejaba y por más que se trataron de acercar ambas posturas no se llegaba a ningún acuerdo que satisficiera a las dos partes. Por tal motivo, hubo que recurrir a una especie de comité de sabios, ancianos o notables del pueblo, para que diesen su veredicto, que no podía recurrirse y sería admitido sin discusión por ambos bandos.
En este comité también salieron a relucir las diferencias y los más viejos argumentaban ,
con toda la razón del mundo, que ya que no se obraba como antaño, en la época en que tuvieron lugar las primeras carreras, cuando los gansos se colgaban vivos. Podrían pasar éstos, eso sí, con muchos honores, a la historia, pero en la época en que estábamos era más recomendable poner otra cosa, como unas cintas con una anilla en el extremo, que fuese ensartada con un palo puntiagudo por los jinetes, lo cual suponía un trofeo incluso más difícil de conseguir que el que trataban de abolir.
Hubo una respuesta tímida por parte de los más acérrimos partidarios de colgar los gansos, pero finalmente ganó, aunque por poco, la propuesta de los mayores y así se acordó y se rubricó, admitida ya por todos como propia de cada uno de ellos.
Los perdedores en la propuesta, levantaron la voz, en pura broma, diciendo a los ganadores que, ya que habían ganado aunque con escaso margen, se pagasen el alboroque, para celebrar su éxito, cosa que hicieron con mucho gusto los “paganos” y la más completa hermandad, esta vez con minúscula, pero digna también de llevar la mayúscula al frente, reinó entre todos.
Todos quedamos invitados al banquete que nos preparó la tía Eufrasia, mujer del carnicero, que también tenía una tasca a las afueras del pueblo, donde se hacían unas barbacoas dignas de un obispo, con las carnes escogidas por el tío Pablo, marido de la cocinera.
Allí corrió el vino sin tasa y la comida fue un éxito más del lugar, discurriendo todo entre risas y bromas, pauta muy habitual en las muchas reuniones similares que hacíamos con cualquier pretexto, pues era tanto lo que gozábamos que estábamos preparando la próxima a los postres de la que estábamos disfrutando.
Recuerdo que me fui a casa más alegre que de costumbre y al llegar me acosté boca arriba y con los brazos extendidos, todavía riéndome del último chiste que dijo Luís, el sereno, que estos funcionarios volvieron a recorrer nuestras calles de noche, como siempre había sucedido, velando por nuestra seguridad.
Me dolía el cuello y me levanté, tratando de volver a recordar el último chiste, para regocijarme con él, pero se desvanecían lentamente mis recuerdos y me di perfecta cuenta de que todo había sido un sueño y como soy de natural positivo me pregunto:
¿no será, quizá, una premonición y viviremos situaciones similares a ésta, después de todo?. Pido a Dios fervientemente que haga coincidir el deseo con la realidad, aunque pienso que no debería hacer falta recurrir a instancias tan altas, pues está en nuestras manos el conseguirlo y no con demasiado esfuerzo, si nos empeñamos en ello.









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Prosa poética y narrativa MICASSO

Mensaje  Cristino Vidal Benavente el Miér 2 Mar - 21:07



Les voy a hablar de Micasso, un pintor nacido en un pequeño pueblo de la provincia de Toledo, aunque cuando nació no era ése su nombre, sino Hermenegildo, el hijo natural de Eufrasia, “la Garrapata”, que se regresó de Barcelona a su lugar de origen, con el fruto de una noche de juerga en el Paralelo, después de haber estado sirviendo como chica de compañía en casa de una vieja gruñona y tacaña durante más de 5 años.
Con el tiempo, Hermenegildo iba creciendo en el pueblo, sufriendo las burlas de los muchachos del lugar, que no paraban de echarle en cara su irregular venida al mundo, hasta que un día se hartó y decidió poner tierra de por medio. Y se largó con los componentes de un espectáculo de titiriteros que había pasado por el pueblo, haciendo las delicias de sus habitantes y es que el zagal era fuerte y podría muy bien ayudar en la carga, descarga y montaje de los trastos propios del oficio en las plazas de los lugares por donde pasaban, opinó el propietario de la pequeña compañía de histriones.
Con ellos anduvo durante 10 años, aprendiendo a divertir a la gente y cuanto truco conocían sus compañeros de trabajo y miserias, que no eran pocos.
Con el tiempo, la compañía aumentó sus efectivos y de 4 pasaron a ser 10 los componentes de la pequeña compañía de titiriteros y también aumentó su repertorio y hasta se atrevieron a poner en escena pequeñas obras de teatro, fácilmente asimilables por la clase de público que asistía a sus representaciones. Hermenegildo se había convertido en un trabajador insustituible en el grupo, pues no sólo actuaba como intérprete, sino que hacía el trabajo de los preparativos de mudanza y, además, era el tramoyista y se encargaba de pintar los decorados de los escenarios, adquiriendo en esto último una destreza encomiable, además de que componía toda suerte de paisajes en un periquete.
Ya se ponían en escena las obras de teatro en locales cerrados y más adecuados que la intemperie de las plazas de antaño y cobraban sus actuaciones como Dios manda y no estaban sujetos a la voluntad más bien escasa del público, que ya se sabe que la gente es tacaña y se escaquea en cuanto tiene que rascarse el bolsillo colectivamente.
Pasaba el tiempo y nuestro personaje iba adquiriendo cada vez más práctica en lo de la pintura de los decorados, pues la compañía estaba cada vez más tiempo en un lugar y se hacía necesario cambiar de obra con frecuencia, con lo que los decorados tenían que hacerse a marchas forzadas, al tener que cambiar sobre las telas los paisajes y decoraciones ad hoc.
Todo se iba desarrollando con absoluta normalidad y marchaba bien para Hermenegildo, hasta aquel maldito día en que se agregó al grupo un matrimonio italiano, que se encargaba de hacer un simulacro de escenas eróticas que tuvieron mucho éxito entre el público y que les convirtió en los más solicitados y aplaudidos.
La señora, muy meliflua ella, parecía fijarse demasiado en Hermenegildo, lo que acarreaba que el marido estuviese furioso con él y no lo disimulaba, pues siempre que se encontraban trataba de zaherirle lo más posible, viniese o no a cuento. La situación se agravaba con el tiempo y Hermenegildo, que no se había fijado en la signora Garibaldi para nada, empezó a tener interés en ella, más que nada por curiosidad, hasta que terminó por caer en las bien manejadas redes que le tendía. Llegó la ocasión cuando el “signore” Garibaldi tuvo que marchar a Milán por cuestiones familiares y la señora aprovechó para quedarse sola, alegando que una terrible jaqueca la impediría viajar.
La primera noche, la señora se las arregló para hacerse la encontradiza con Hermenegildo y éste no supo resistirse a la tentación de acompañarla en un paseo que duró varias horas. Hablaron de todo lo habido y por haber, pues tiempo hubo para ello y cuando llegaban las claras del día se retiraron a la posada y el mozo pretendió entrar en la habitación de ella, pero ésta se lo impidió con un mohín gracioso, pero firme, que dejó entristecido al galán. Los días posteriores, Hermenegildo sentía cada vez más acuciantes deseos de estar junto a la dama y se acrecentaban más cuando le rechazaba finalizado su encuentro que siempre terminaba con la sonrisa de la Garibaldi, acompañada del ademán de pararle en seco.
Hermenegildo no podía dar crédito a lo que estaba pasando, pues era ella la que había tendido el puente entre los dos, por el que se había precipitado él como un pipiolo.
Cada vez sentía más fuerte la necesidad de intimar con la señora y cuando llegó la víspera del día señalado para el regreso del marido, no pudo contener más sus ansias y abordándola con decisión a la entrada al comedor, a la hora del desayuno, la espetó con decisión: Francesca (éste era el nombre al que respondía), no puedo vivir sin ti y si no me concedes la gracia de tu continua presencia me suicidaré sin remedio y lo que te estoy diciendo es tan verdad como la luz que nos alumbra. Yo sabré hacerte inmensamente feliz y serás la mujer más amada del mundo, por el empeño que pondré en conseguirlo; sólo tienes que acompañarme y recorrer conmigo los caminos que nos tenga deparado el destino.
Francesca no respondió, pero a Hermenegildo le pareció ver en sus ojos un gesto de asentimiento y esto le bastó para sentirse inmensamente feliz, que se tradujo en realizar ese día sus quehaceres con más alegría de la habitual.
Llegó el signore Garibaldi y las relaciones en el matrimonio se volvieron más hoscas, lo que trascendió a su trabajo, pues ya no calaban en el público las expresiones eróticas que representaban, alejadas de toda fogosidad.
La situación entre los dos cónyuges se hacía cada vez más tensa, hasta que se rompieron las cada vez más deterioradas relaciones entre ambos y el marido terminó por hacer su maleta y desaparecer sin dejar el menor rastro, lo que ocasionó una alegría inmensa en Hermenegildo, que veía así su camino expedito, por el que se deslizaría placentero y estaba deseando llegase la primera ocasión para experimentar este ansiado bienestar.
Francesca estaba cada día más insinuante, pero jamás consintió llegar hasta la intimidad total, lo que exasperaba a Hermenegildo, que veía aumentar sus deseos en vano.
Se ve que la italiana sabía cómo manejarle y lo hacía con inmensa habilidad, no exenta de riesgo para ella, pues el mozalbete estaba a veces a un paso de tirar por la calle de en medio y largarse, como había hecho su antecesor en las relaciones amorosas de la pizpireta italiana.
Pero seguía erre que erre, no obstante, por estar encelado y por cabezonería, así que la situación se alargaba y se diría que empeoraba, pero su asedio se hacía más constante cada vez.
Por fin, una tarde Hermenegildo arrancó a Francesca la promesa de que no tardando mucho le concedería la inmensa dicha de gozar de su amor en las cantidades que deseara, para lo cual tendría que esperar a que se asentasen en Italia, sueño que había estado acariciando largamente.
Hermenegildo no lo dudó ni un momento y pensó que bien valía la pena la espera y la aventura de hacer un viaje a Italia, si finalmente tenía al alcance de la mano el ungüento que calmase sus sufrimientos.
Estaban en un pueblo de Castellón representando Otelo cuando decidieron de común acuerdo poner en práctica sus planes de fuga, cosa que hicieron al terminar la función del día anterior al día de descanso de la compañía, para que diera a ésta tiempo a efectuar el cambio correspondiente, a fin de que no fuera mucho el impacto negativo de su ausencia en los carteles, pues con un día de tiempo se podía modificar sin excesivo daño el rol de interpretación
Del pueblo hasta la estación de Castellón en taxi, con el equipaje más indispensable y desde allí, en tren, hasta Cerbère, en la frontera francesa, para hacer transbordo al tren nocturno que les llevaría, vía el mediodía francés y pasando por Marsella y Niza hasta adentrarse en Italia y continuar vía Génova y Pisa hasta Roma. Allí llegaron muy de noche a la estación Termini y de allí a un hotel cercano, que más parecía una pensión de ínfima categoría y de precios muy asequibles, de los que suele haber cerca de las estaciones.
Ante la insistencia de Francesca, pidieron habitaciones separadas y así estuvieron tres días, que a Hermenegildo se le hicieron interminables, pero aguantó y puso freno a los caballos desbocados de sus deseos, por expreso deseo de la mujer, que le aseguró que esperando dos días más llegaría la hora de la coyunda, que por ser tanto tiempo esperada sería más gratificante.
Al cuarto día, Francesca quiso salir sola, tratando de buscar trabajo para ambos en alguna compañía de teatro ambulante que siempre suele haber en la ciudad, sobre todo en el extrarradio, alegando que al ser italiana le sería más fácil llegar a entenderse con sus paisanos. Hermenegildo se opuso con el argumento de que no la iba a dejar sola en ese cometido y se ofreció a realizar por su parte el peregrinaje hasta conseguir lo que buscaban, si bien apuntó a que no comprendía el porqué de ir uno solo y no los dos, pues el trabajo era para ambos, pero ella se opuso, diciendo que conocía mejor a los italianos y consideraba era mejor hacerlo tal como lo había dispuesto. Después de un rato discutiendo quién debería buscar el tan ansiado trabajo, finalmente accedió Francesca y dejó tal cometido para su compañero.
Ya de acuerdo, éste se lanzó a la calle y dando vueltas y preguntando se acercó a un circo que había por los aledaños del Trastevere, en una gran explanada, donde también se asentaba una compañía de teatro en una gran carpa, a la cual se acercó con la ilusión reflejada en el rostro. Allí habló con el encargado, al cual puso en conocimiento del motivo de la visita, poniendo énfasis en que su compañera era italiana y ensalzando su belleza y glamour, convenciendo al italiano que haría su mejor fichaje con la admisión de los dos aspirantes.
Todo quedó apalabrado y después de sellarlo con un apretón de manos, Hermenegildo se fue al hotel lo más rápido que pudo, a comunicar a su compañera el éxito de su gestión.
Subió las escaleras y se dirigió a la habitación de Francesca y tras llamar suavemente en la puerta con los nudillos, empujó, pero la puerta no cedía a sus empujones, cada vez más fuertes, acompañados por el nombre de ella, pero ésta no contestaba, lo que le hizo pensar que habría salido un momento a algo imprevisto, que podría muy bien ser la peluquería.
Ante tal contrariedad, se fue a su habitación a esperar la llegada de su compañera, que a buen seguro iría a verle a la misma, para enterarse de cómo le había ido en su búsqueda de trabajo.
Allí estuvo como una hora y en vista de que no llegaba Francesca bajó a la conserjería, preguntando cuándo se había marchado y si había dicho adónde y el tiempo que tardaría, a lo que el conserje puso cara de extrañeza, contestando que se había ido del hotel con su equipaje, dejándole un sobre para que se lo entregase a Hermenegildo por la noche o bien cuando preguntase por ella, si llegaba antes.
Hermenegildo lo cogió con avidez y lo abrió para leer la misiva, lo cual hizo con rapidez y asombro, pues no era muy larga, pero sí muy sorprendente, cuyo texto rezaba:
“Perdóname te haya utilizado para desembarazarme de Garibaldi, al que tenía una animadversión que se agigantaba cada vez más y no encontraba la manera de quitármelo de encima y no sufras por no haber alcanzado lo que tanto deseabas, pues era totalmente imposible, ya que soy homosexual, como también lo era mi falso marido. Te conquisté con el arma más sencilla, que es la de llamar la atención y después resistir, dando una de cal y otra de arena, agrandando así los deseos, que en los hombres llegan a dominaros por completo.
Ojalá te vaya bien y encuentres la persona que te haga feliz,
Gracias por tu inestimable colaboración”
Y lo firmaba Francesca/Marco, este último, probablemente su verdadero nombre.
Ni que decir tiene que para Hermenegildo fue un golpe terrible, pero lo asumió enseguida y hasta se alegró, pues llegó a pensar en lo que hubiese sucedido si la separación no se hubiese producido de esta manera.
No perdió el tiempo en disquisiciones y dedicó el tiempo restante del día en pasear por la ciudad, admirando el Coliseo, la Fontana de Trevi, el Panteón, la Vía Veneto y Plaza de España y al día siguiente se fue a ver al encargado de la compañía de teatro con el que departió el día anterior, para decirle que ahora sería él solo el que podía incorporarse al elenco, sin explicar el porqué de la renuncia de la señora de la que habló tan admirativamente, lo cual consiguió.
Pasaron algunos meses y Hermenegildo se había adaptado perfectamente a sus nuevos compañeros, absorbiendo y asimilando lo que tienen de picardía los italianos.
Seguía pintando los decorados del atrezo con mucha frecuencia, pues en Roma estuvieron mucho tiempo y había que cambiar muy a menudo de repertorio. Se podía decir que era un maestro consumado y hasta se permitía hacer alegorías que le causaban risa, pero que sus compañeros, en broma, celebraban como muy logradas.
Un día, terminada la función que representaron esa noche en Pescara, a orillas del Adriático, le dijo el director de la compañía que en el bar del hotel donde pernoctaban, le esperaba el signore Alessandro Ciucci, según rezaba en una tarjeta que acompañaba a sus palabras, con deseos de hablar con él.
Se encontró con la persona que le estaba esperando, un señor bajito y orondo, que le tendió la mano con la mejor de sus sonrisas y cuando se hubieron sentado a una mesa en el comedor, comenzó el italiano su perorata, con la intención de convencer a Hermenegildo de algo que, en principio, no consiguió. Era que le contrataba para pintar los cuadros que él le encargase, con el tema y pautas que le dictase, a lo cual el español contestaba que no tenía la experiencia que le presuponía el italiano, pero éste insistió y a sus argumentos anteriores sumó el de que le garantizaba, al menos, 3.000 euros mensuales durante 2 años y ya se vería cómo respondía el negocio que estaba pergeñando para fijar nuevas y más sabrosas condiciones. Esto fue lo que inclinó la balanza a su favor y en ese momento se cerró el trato, no sin antes advertir el español a su mecenas que por su parte pondría toda su voluntad y la sapiencia de que era capaz, pero que no le pidiese gollerías que él no había ofrecido.
El signore Ciucci, resultó ser un acaudalado naviero de Pescara, un poco excéntrico y con ganas no sólo de hacer más dinero para agregar al mucho que ya tenía, sino estar en candelero en la ciudad y si fuera posible en todo el país. Recomendó a Hermenegildo que pintase cuadros al estilo de Miró o incluso Picasso, con el aplomo que lo había hecho cuando se encargaba de hacerlo para el teatro y ya se encargaría él de que se valorasen como pintados por Rembrandt o Velázquez y le ayudaría mucho que se pusiera un atuendo estrafalario y recurriese a su arte histriónico.
Se pusieron rápidamente de acuerdo en la manera de actuar y así Hermenegildo sacó a la luz dos cuadros que el italiano se encargó de ponderar como excelsos exponentes del arte pictórico, habiéndose enterado de buena tinta que no tardando mucho este pintor se cotizaría como no se había cotizado antes ningún otro pintor moderno, por el que apostaban los más conspicuos marchantes que se enseñoreaban en el panorama internacional.
Mucha ayuda recibía la estratagema del Signore Ciucci con el hecho de que el pintor fuese español, cosa que enfatizaba subliminalmente, al compararlo con Picasso, Dalí o Miró, inestimables banderas de nuestro país en los anales del arte.
El comienzo no fue para envidiarlo, pero el magnate italiano tenía no sólo dinero, sino tenacidad y astucia y poco a poco los resultados se iban acomodando a la previsión y una vez acelerada la aceptación de los cuadros éstos fueron subiendo de cotización y estima, hasta el punto que los demandaban desde los más dispares lugares de Italia y luego de toda Europa y posteriormente su fama llegó hasta el Nuevo Mundo y de Estados Unidos llegaban no sólo peticiones de las pinturas, sino también de la presencia del pintor que, por cierto, había asumido bien su papel y lo representaba con maestría sin par.
Tan metido en su papel estaba, que él mismo era un clon del personaje que representaba y así se vestía como correspondía a un personaje que se considerase un genio, por encima del resto de la gente y hablaba también como tal, así como su acicaladura era pareja con lo anterior.
Su fama fue creciendo, sus cuadros admitidos en los más exigentes museos del mundo y las colecciones de los personajes más poderosos y acaudalados se consideraban huérfanas si no contaban con alguno de ellos.
Hermenegildo pintaba varios cuadros a la semana, que quedaban almacenados y se encargaba el signore Ciucci de sacarlos a la luz en el tiempo y el lugar más idóneo para sus intereses.
El negocio iba viento en popa y el dinero que originaban los cuadros del “genio” aumentaba en proporciones geométricas, pero así considerado el asunto era sólo para el italiano, al estar fijada la cantidad que Hermenegildo recibía por mes, no habiendo homologación posible.
Esto dio al traste con la amistad entre ambos personajes, surgiendo los celos y las intransigencias mutuas, pues el español decía que era él quien hacía de venero y el italiano le contestaba que tenían un contrato firmado, que obligaba a cumplir sus términos, que cuando se conocieron no ganaba ni la cuarta parte de lo que se embolsaba ahora y que sus cuadros no habrían tenido el éxito que ahora tenían si no hubiese sido por su intervención.
Finalmente, acordaron que Hermenegildo pintaría unos cuadros más, que pasarían a propiedad del italiano y con esto quedaba cancelado el contrato y en libertad los contratantes.
El pintor hizo más cuadros, consiguió venderlos como hasta entonces y se sucedían las invitaciones a museos, dando conferencias como consumado maestro. Incluso llegaron a invitarle desde palacios reales y con su facha imponía su figura, considerada como espécimen de genio, cosa que se llegó a creer de verdad ante tan abrumadora demostración de adhesiones a su pintura que concitaba en sus apariciones ante el público de élite de cualquier lugar.
Tales esfuerzos mentales debió realizar el español, que ya sí parecía un auténtico genio, pues no sólo su apariencia y ademanes eran tales, sino que sus acciones y reacciones eran las que correspondían a un verdadero orate.
Parecía que al principio dominó al personaje y después fue el personaje el que lo dominó, aunque de todos modos cuantos más síntomas de locura presentaba más genio se le consideraba
Cuanto más inconsistentes eran sus palabras, más era considerado como guía espiritual en materia de pintura y hasta llegó a cambiar su nombre por el de Micasso, maridaje que se inventó, como queriendo hacer ver a todo el mundo que en él se aunaban las glorias de Miró y Picasso, considerando estar por encima de la de cada uno de ellos por separado.
Su público adicto lo admitió como admitía todo lo que de él emanaba y como para ese público era el paradigma a seguir, el resto de los mortales también lo dio por bueno, como de costumbre
Un día tuvo un ramalazo de lucidez y se asustó de hasta dónde había llegado con su
proceder y hasta le dio pena de comprobar hasta dónde llegaba la estupidez humana y aunque estaba convencido de tal aserto, quiso comprobar si estaba en lo cierto y a tal efecto cogió un lienzo y lo llevó hasta el establo de una granja cercana. Allí, mediante una propina al muchacho que cuidaba del establo, lo puso en la parte trasera de una de las vacas, a cuyo rabo ató un pincel con pintura y la hostigó, consiguiendo que rezongase, moviendo el rabo que iba deslizándose sobre el lienzo, dejando las señales de la pintura de forma irregular en cuanto a trazado y densidad.
Después de enmarcar el lienzo y cuando tuvo la ocasión, lo presentó personalmente en el Museo del Louvre, en París, para lo cual se hizo entrevistar en varias revistas de las más sobresalientes del mundo, para hablar del cuadro y crear un clima propicio a la asistencia de lo más granado del mundo del ramo.
La presentación fue apoteósica, para lo cual se vistió con sus ropajes más indicados para la ocasión, tratándose de él, con la melena más desgreñada y ademanes más altaneros.
Había tomado conciencia de haber engañado mucho tiempo a mucha gente y esto le producía un malestar que le horadaba el alma y creía que sólo podía hacer las paces consigo mismo si aireaba con valentía la verdad. Para ello, comenzó diciendo que todos sus cuadros eran un fraude, producto de un engaño compartido y que el cuadro que presentaba en el acto y que tantos aplausos había cosechado lo había pintado una vaca y, además, con el rabo.
Ante tal confesión, la gente prorrumpió en aplausos y no en dicterios, como él esperaba y por los corrillos de los asistentes corrían palabras de elogio y admiración hacia el genio, tomando como una genialidad más las palabras que acababa de soltar a la concurrencia.
Por más que insistía en sus aseveraciones, más amplia era la sonrisa de los asistentes e incluso hubo un magnate del petróleo que pujó por el cuadro en cuestión, ofreciendo una cantidad astronómica, que enseguida encontró la réplica de otros de los asistentes.
Sí hubo alguien que le creyó y esta creencia empezó a tomar cuerpo entre la gente, pero eran cautivos de su insensatez, pues a ver quién era el que hacía de pionero, ya que todos habían invertido grandes cantidades en los cuadros, que podrían ser empleados por sus nietos para jugar a los cromos. Todos, por acuerdo tácito, proclamaron la bondad de la obra del artista y todo quedó como estaba, considerándose Hermenegildo (o Micasso) redimido de lo que él consideraba un pecado, aunque estuviese tan extendido y con un montón de millones de euros en su cuenta corriente, con el beneplácito de todos. Se retiró a vivir como un rajá en una villa de la Costa Esmeralda, en la isla de Cerdeña, después de recobrar por entero su juicio, quizá al pensar lo mucho que podía gozar con el dinero de que disponía.
Es una especie de cuento y por tanto no realidad, pero tenéis que convenir conmigo en que podría haberlo sido, pues a mí se me antoja que lo único que no encaja en esta historia es el confesar con franqueza los desaguisados que uno hace por culpa del dinero y lo que representa. Todo lo demás lo estamos viendo cada día, se reconozca o no y se da la circunstancia de que una minoría ¿ilustrada? impone su voluntad, que coincide con sus intereses o sus caprichos a una mayoría complaciente y papanatas, que también la aplaude y la hace suya, haciendo eco a lo que oyen, sumándose al coro de los pusilánimes, que se adhieren a todo lo que se mueva a su alrededor. Así no se salen de la vía marcada, por si descarrilan y son el hazmerreír de los demás y temer ser marginados del rebaño, que tanto amparo proporciona al grueso de la manada. Así no serán excomulgados por los sacerdotes laicos que son los que nos dicen lo que nos tiene que gustar.




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Prosa poética y narrativa LAS HABILIDADES DE AMBROSIO

Mensaje  Cristino Vidal Benavente el Jue 10 Mar - 16:49


Ambrosio era un señor que tenía muchas habilidades, las cuales lucía con mucha frecuencia, pero que no servían absolutamente para nada. El caso es que causaban la envidia de mucha gente, pero a él no le reportaban ningún beneficio económico, que era lo que hubiese preferido. También es verdad que, igual que despertaban la envidia e incluso admiración de mucha gente, no es menos cierto que había otro grupo muy numeroso que se burlaba de esas presuntas habilidades e, incluso, otro más a la que le traían sin cuidado. Como se ve, de todo hay en la viña del Señor.
Una de las habilidades que más envidia y, por otro lado, repulsa concitaba, era que cuando le daba la gana se tiraba un pedo de la longitud que quisiera, pero eso sí, sin olor de ninguna clase, ni bueno ni malo, aunque no sé si los habrá de buen olor; tan sólo era el ruido el que se manifestaba. Es como si en una tormenta se escuchara el trueno y no se viese el relámpago, cosa por demás extraña.
La gente “a favor” aplaudía entusiasmada y le daba palmaditas en la espalda, como aprobando y ensalzando esa habilidad y la gente “en contra” le miraba con ojos de una mal disimulada repugnancia. El se encontraba en el medio de los dos bandos y a veces se alegraba de ser el protagonista de ese momento y otras, en cambio, caía en el desánimo y tristeza, al ver que su habilidad no era digna del aplauso de mucha gente.
En la oficina era la diana de todas las miradas de sus compañeros, para bien y para mal.
Tenía otras habilidades, no se vayan a creer que sólo le adornaba la mentada, pues movía la oreja derecha a una velocidad tan increíble que parecía un abanico manejado por una vieja hecha un manojo de nervios. Igualmente, deletreaba al derecho y al revés la palabra constantinopolitano ( explicaba a todo el mundo que quería decir “natural de Constantinopla”, esto es, la actual Estambul, que antes se llamó así, como más antes se había llamado Bizancio). Daba gusto oírle exhibir esta habilidad sin equivocarse y con una velocidad vertiginosa
Otra de sus “hazañas” era la de, estando de pie, levantar una pierna y llegar con el pie hasta la oreja del lado contrario, cosa dificilísima como es de suponer, al tiempo que recitaba “Oigo, Patria, tu aflicción”, que había aprendido en la escuela de pequeño.
No eran esas las únicas habilidades que poseía, pues también contaba con la de memorizar los teléfonos de toda la gente que se lo pedía, pues a veces olvidaban hasta el de su casa y tenían solucionada la papeleta con acudir a la memoria de Ambrosio. Era más fácil esto que llevar la guía telefónica bajo el brazo y era raro el día que pasaba sin que alguien le consultara por un número de teléfono de su ciudad.
Otra de sus habilidades era la de cantar “Macarena” en un dialecto de la isla de Madagascar, que le había costado un tiempo y esfuerzo enormes traducirlo. Daba gusto escuchar la canción, que acompañaba con los gestos y aspavientos reglamentarios
recomendados por “Los del Río” .
Tenía varias más, muchas de ellas muy curiosas, pero no es cosa de sacar aquí todas ellas, que con las dichas ya hay bastante para saber que era muy habilidoso nuestro hombre.
A pesar de todo, trabajaba en la oficina como uno más y no sacaba más partido de sus habilidades que el aplauso de unos, la repulsa de otros y la indiferencia del resto, que en sólo estas tres partes se dividía la sociedad de la ciudad. Este último grupo era el más
numeroso, pues en la ciudad le ignoraba casi todo el mundo, evidentemente.
Su vida transcurría plácidamente, hasta que un día que estaba chequeando las cuentas de una importante firma japonesa, que importaba los productos que se fabricaban en la fábrica en la que trabajaba, le llamó el director general a su despacho. Tuvo un sobresalto ante la llamada nada menos que del mandamás, temido y odiado por el carácter vesánico que le adornaba, o más bien todo lo contrario, que no era un adorno precisamente.
Se armó de valor y caminó hacia el despacho donde le citaban, acompañado de la mirada sorprendida de sus compañeros, que no le auguraban nada bueno. También iba acompañado del miedo que sentía y no pequeño.
Al llegar a la puerta, que era la primera vez que iba a traspasar, pues nunca había tenido la mala o buena suerte de que el jefe supremo se fijase en él, se santiguó, ceremonia que había visto muchas veces. No sólo la había visto en la misa, que Ambrosio era un ferviente católico y acudía a la iglesia cada domingo y fiestas de guardar, sino también en la tele, cuando un jugador de fútbol iba a entrar en el campo. Lo hacían por ser un acontecimiento harto importante, como el que ahora le esperaba a él.
Al oír la palabra “adelante”, penetró con una serenidad que a él mismo sorprendió, dispuesto a lo que fuese menester, ya reconfortado por el exorcismo que tuvo lugar al santiguarse.
Don Anselmo, que así se llamaba el señor Director General, le recibió con una amplia sonrisa, buen presagio del acontecer que allí le aguardaba a Ambrosio, según pensó éste.
Hasta se levantó del sillón rotatorio que le servía de asiento, para ir a su encuentro con la mano extendida y una sonrisa de oreja a oreja. Nunca le había visto sonreír, por lo que se dijo para sus adentros que a la primera ocasión que tuviera lo comentaría con los compañeros. Así presumiría de haber visto esa sonrisa esquiva hasta ese momento y atestiguar que el Director General, además del saber del negocio que se le suponía, sabía también sonreír. Quizá tuviese que jurar por lo más sagrado que era cierto lo que estaba diciendo y eso lo sabía hacer él muy bien, al igual que el santiguarse, qué más da.
Repuesto de la sorpresa, Ambrosio adelantó su mano con timidez, para estrechar la de Don Anselmo, quien la escondió entre las suyas.
Después de este recibimiento protocolario, el Director General señaló hacia un sofá que había en el despacho y cogiendo del brazo a su empleado tomaron asiento juntos.
Ni que decir tiene que aquello llenó de satisfacción a Ambrosio, pero también un pensamiento morboso cruzó por su cerebro con la rapidez del rayo; ¿y si D. Anselmo era de la “cáscara amarga” y se había fijado en él con aviesas intenciones?, pero enseguida desechó tal pensamiento, pues su interlocutor tenía sus manos bien apartadas
y en sus cara no había ni sombra de gesto libidinoso.
Ahora fue el Director General el que le ayudó a tener la seguridad de que la conversación no iría por ese tortuoso camino. Súbitamente, le preguntó si estaba contento con su trabajo y si el sueldo que tenía asignado era el que creía merecerse.
Ambrosio pensó que quizá pudiera aprovecharse de la coyuntura, pues ésta le parecía propicia y hacer saber a su superior que pensaba era acreedor a una subida prudencial del sueldo que disfrutaba. No lo hizo por si se estaba equivocando y las cosas pudieran ir por otros derroteros, así que optó por echar por la calle del medio, contestando que sí estaba contento con el trabajo. Como se calló con referencia al sueldo, el Director General insistió y le preguntó sobre este asunto de nuevo. Ambrosio pensó rápidamente que sí era el momento idóneo para solicitar un aumento, por pequeño que fuese, pues no le cabía en la cabeza que se le hubiese llamado para decirle que ganaba más de lo que le correspondía, si la empresa era la que le fijó su estipendio. Seguro de que estaba en lo cierto, dijo con firmeza y comedimiento que sí esperaba de la magnanimidad y sentido de la justicia de D. Anselmo una subida bien merecida, que le agradecería de por vida.
Éste le dijo que se lo pensaría con calma, pero adelantaba que había muchas posibilidades de que se llevara a cabo, lo cual alegró sobremanera a Ambrosio .
Como ya se había roto el hielo entre ambos y las cosas que se habían dicho eran suficientes para liquidar los prolegómenos, Don Anselmo se dirigió a su empleado y le espetó que sabía de sus habilidades, aunque nadie se lo había dicho.
Ambrosio se sonrojó y pensó que ahora le caería el chaparrón que en principio esperaba y que no se había producido porque su jefe estaba jugando con él como lo hace un gato con un ratón. Eso era lo que creía con seguridad, como también que habría sido Ramón, que era un chivato redomado, el que había informado a D. Anselmo de las habilidades a que hacía mención. Sea como fuere, en lo primero no acertó y en lo segundo le quedaría siempre la duda, inclinándose por que sería lo más probable.
El Director General tranquilizó con un gesto amable a su subordinado y hasta le halagó,
diciéndole que se alegraba de esas habilidades antedichas y que gracias a ellas podría hacer un servicio a la empresa que ésta le recompensaría generosamente.
Ante el estupor de Ambrosio, continuó diciendo que la empresa se encontraba en una encrucijada regular tirando a mala y por más que había pensado en cómo salir de ella, no encontraba el camino. Los métodos clásicos parece ser que no eran válidos, pero mejor será que expliquemos algo de la empresa, su dedicación y la situación en que se encontraba.
“Tornillos Zurdos, S.A.”, que así se llamaba la empresa en cuestión, se dedicaba a la fabricación de tornillos de rosca inversa, es decir, que se introducían girando a la izquierda y no a la derecha, como es habitual. Esto la hacía única en el mundo, pues a nadie se le había ocurrido ni pensarlo siquiera.
La empresa la creó D. Anselmo Minglanilla Caraycruz en el año 1.976, cuando apenas en España comenzaba a dar sus primeros pasos la democracia, a la que se había incorporado el personaje con todo entusiasmo.
Anselmo Minglanilla había sido disidente en la época del general Franco y tras muchas peripecias había ido a parar a Moscú, Rusia, recalando en la “Universidad Patricio Lumumba”. Allí conoció a muchos estudiantes extranjeros, con algunos de los cuales compartió ideas sobre bastantes cosas, sobre todo con un joven japonés llamado Kahito, al que le unió una amistad profunda y verdadera.
En las horas en que quedaban libres, hablaban sobre todo lo divino y humano y no se daban cuenta que iban derivando sus preferencia hacia el capitalismo, tan odiado en la Unión Soviética. Quizá intuyeran que el comunismo caería estrepitosamente unos años más tarde, para desaparecer y quedar vigente sólo en lugares apartados, donde también acabará cayendo.
Decidieron salir de naja, convencidos de que allí nada tenían que hacer y cada uno se dirigió hacia su patria y en la despedida se prometieron estar en contacto por carta, explicándose su modus vivendi en ellas.
Kahito comunicó a Anselmo que una vez llegado a Japón, conoció a una chica de la que se enamoró perdidamente, terminando por casarse con ella. Miloto, que así se llamaba su ahora esposa, era la hija única de un importante financiero nipón, dueño de muchos millones de yens y de un carácter bondadoso y liberal. Comprendió que a Kahito le vendría muy bien colocarle a la cabeza de una de sus muchas empresas y así lo hizo, con el contento y agradecimiento del joven. El excomunista, espoleado por la deferencia de su suegro, pensó que podría aumentar una empresa más a las que ya poseía éste y montó una fábrica de ordenadores, cámaras de vídeo y fotográficas. Al principio le fue muy bien, pero luego, al parecer, le copiaban los americanos los prototipos y los construían iguales, pero más baratos, pues no tenían que pagar a los cerebros grises que inventaban tales aparatos, que no eran pocos, así como tiempo y materiales empleados. De este modo, la fábrica iba acumulando pérdidas y Kahito lo estaba pasando muy mal, viendo que de poco le servía su entusiasmo y total dedicación a la fábrica.
Se lo comentó el nipón a su amigo Anselmo y éste, una vez leyó la carta, se puso a pensar qué podría hacer para ayudarle.
Dándole vueltas en la cabeza, se le ocurrió una idea peregrina, pero que quizá fuera la solución y era que para que no copiasen los americanos a los japoneses (quién iba a pensar en esto, cuando siempre había sucedido todo lo contrario) hacer que los tornillos que pusieran los americanos no entrasen en los orificios correspondientes por estar la rosca al contrario.
Para ganar tiempo, le habló por teléfono, explicando su idea. Al principio Kahito pensó que era una broma, pero al final admitió que podría ser una solución. Se puso manos a la obra y encargó a sus ingenieros y diseñadores que hicieran nuevos prototipos de tal modo que los tornillos roscaran en sentido inverso. Estos entendieron la jugada y así lo hicieron y la empresa se puso a fabricar febrilmente sus productos, de tal modo que invadió el mercado mundial, vendiendo millones de unidades y cogiendo de sorpresa a los americanos. Éstos no podían contrarrestar esta ofensiva de la marca japonesa, pues no tenían tiempo para cambiar su maquinaria.
Ante tal éxito, Kahito agradeció a Anselmo su contribución al mismo y lo hizo personalmente, pues viajó hasta España, para así enfatizar más este agradecimiento.
No sólo eso, sino que convenció a Anselmo para que montase una fábrica de tornillos de rosca inversa; incluso le dio generosamente el dinero necesario para ello, sellando así la amistad de que habían hecho gala ambos. Ante la negativa a aceptarlo por parte de Ambrosio, Kahito le hizo ver que era el pago del servicio prestado y así se cerró el pacto, que incluso le parecía poco y aquél lo comprendió
Montó su fábrica el español y como era de esperar el negocio iba viento en popa, pues la fábrica de Kahito hacía peticiones de tornillos inversos constantemente. El éxito del japonés se reflejaba en el del español y así fue durante mucho tiempo, pero hubo un sucedido que vino a dar al traste con todo ello. Kahito había tenido un accidente de tráfico y había fallecido, quedando al mando de la fábrica que él regentaba su segundo en la misma, que ya tenía otro modo de pensar.
Este personaje era muy valioso y Anselmo sabía de esa valía por boca de su amigo, como también sabía de sus excentricidades. Solterón empedernido, le gustaba el trago y la dulce compañía de alguna geisha, que utilizaba como “descanso del guerrero”, pues en la fábrica trabajaba hasta la extenuación. Además, tenía una afición muy curiosa y era la de haber ido reclutando a gente que fuese capaz de hacer las cosas más raras e inverosímiles que cupieran en una imaginación normal. Había aglutinado a toda esta gente en una especie de federación, de la que era el presidente y cada semestre acudían a un lugar diferente a mostrar sus ingenios, mañas y destrezas. La federación se llamaba “Sólo nosotros podemos y sabemos” y estaba muy orgulloso de presidirla, tanto que su cargo era vitalicio.
La dicha federación estaba extendida por todo el mundo y su reglamento era muy estricto a la hora de admitir nuevos socios. Naturalmente, éstos eran personajes no sólo habilidosos, que realizaban proezas insólitas para el común de los mortales, sino también ricos que podían permitirse el lujo de desplazarse a cualquier lugar de la tierra y maniáticos para hacerlo.
En cada reunión o asamblea, mostraban sus habilidades y las puntuaban, concediendo un diploma a los tres que mejor truco o habilidad habían exhibido. La siguiente reunión tenía lugar en la ciudad donde residiera el ganador con más puntuación, si bien no podrían ser dos seguidas.
Precisamente, la próxima se celebraría en Yokohama, donde Kimono, que así se llamaba nuestro personaje, regentaba la fábrica propiedad del suegro del malogrado Kahito, por haber sido el ganador del concurso anterior.
Kimono había pensado que para qué necesitaban importar de España los tornillos de rosca inversa, si los podrían hacer en Japón y se ahorrarían el flete. Por muy difícil que fuera fabricar los tornillos, ya llegarían ellos a conseguir acondicionar la maquinaria precisa para ello.
Con tal motivo, escribió una carta a “Tornillos Zurdos, S.A.” en la que hacía entrever su maniobra, o al menos D. Anselmo así lo intuyó y se echó a temblar ante esa posibilidad.
Llevaban varios años trabajando sin problemas, con su producción colocada al cien por cien y recibiendo el importe de sus facturas religiosamente.
El japonés, tan cortés como había sido Kahito, quiso venir a España a discutir sus planes con D. Anselmo y tal hizo, acompañado de un intérprete de español, porque, dijo, pensaba que era más fácil encontrar un japonés hablando perfectamente el español que un español hablando regular el japonés.
Llegaron un viernes a Madrid y D. Anselmo se fue a recibirles al aeropuerto, para trasladarles al hotel y como los dos días posteriores no se trabajaba, se ofreció a acompañarles por la ciudad y aledaños. Aceptaron encantados y así anduvieron los tres de la ceca a la meca, como vulgares turistas, ya visitando el Palacio Real y el Museo del Prado, ponderando ambas maravillas y asegurando que no había parigual en ningún lugar del mundo.
Toledo y El Escorial también fueron objeto de su visita y no digamos los mejores restaurantes de la ciudad, aunque dijeron que ellos los tenían iguales (no quisieron decir mejores, por la consabida cortesía oriental). Pero lo que más les gustó, en contra de lo que se hubiera podido pensar, fue el alternar en las tascas del centro de Madrid.
La tarde del domingo les llevó D. Anselmo a los toros, en cuya plaza se mantuvieron hasta que se acabó con la vida del primer astado y acto seguido dijeron que para comer carne de toro no hacía falta tanta parafernalia y menos martirizándolo primero.
D. Anselmo, adivinando la opinión de Kimono y aunque era un abonado al tendido 9 de la plaza, dijo que a él tampoco le gustaba una fiesta tan salvaje y que les había llevado por ser una de las primeras cosas que preguntan los foráneos cuando llegan a España.
Para que se les borrara la impresión, les llevó por la noche a un “tablao” flamenco y allí sí gozaron de lo lindo y hasta estuvo Kimono a punto de arrancarse por sevillanas, acompañando al cuadro titular. Explicó que también había esta clase de espectáculos en Tokio y asistía a ellos de vez en cuando y hasta dijo que no desmerecían del que estaban viendo, que era “El Corral de la Morería”.
Cuando terminaron el domingo, D. Anselmo les llevó al hotel y después de desearles una buena noche, se despidió hasta el día siguiente, en que mandaría a recogerles para llevarles a la oficina y tratar allí del asunto al que habían venido.
No durmió en buena parte de la noche, pensando cómo se desarrollaría la entrevista del día siguiente con Kimono y cuáles serían las consecuencias si éste tomaba la determinación de romper amarras con “Tornillos Zurdos, S.A.”. En tal caso, el cierre de la fábrica estaba asegurado, porque ¿dónde podrían colocar los tornillos que hacían?; toda la maquinaria estaba confeccionada para hacerlos al revés de los demás, así que quedaba obsoleta completamente.
Cuando ya había transcurrido gran parte de la noche, logró conciliar el sueño, cansado de dar vueltas en la cama y como era de prever soñó con Kimono y sus presuntas intenciones, pero en el sueño resolvía su problema mejor que en la realidad, según temía.
En el sueño veía a Ambrosio corriendo a caballo persiguiendo al japonés, hasta que le derribaba de un certero lanzazo y a éste, una vez en el suelo, arrodillarse ante su atacante, pidiéndole perdón y entregándole una llave.
Cuando se despertó, esa visión onírica le vino a la cabeza con una claridad que parecía ser real. Hizo un gesto, como desechándola, para despejar su mente y se metió en el cuarto de baño, dispuesto a darse una buena ducha y acicalarse, para dar la sensación de que tenía bien cargadas las pilas, pero el dichoso sueño no se iba de su pensamiento.
Cuando iba en el coche hacia la oficina, retornaba el sueño repicando con estridencia su mente, hasta conseguir dedicarle su completa atención y ahí fue donde cayó en la cuenta de que quizá fuera una premonición y podría ser Ambrosio quien le ayudara a solventar el grave problema en el que se encontraban.
Cuando iba a mandar al limbo este pensamiento, le vinieron a la memoria las habilidades de Ambrosio y dándose una palmada en la frente, se dijo “pero hombre, claro, hay que mostrárselas a Kimono y es posible que esto sea lo que nos salve”.
Efectivamente, si el japonés se interesaba por ellas, como era lo más probable, tenían mucho ganado en su consideración. Sólo faltaba que las encontrara dignas de figurar entre las mejores de las que tenía conocimiento.
Sea como fuere, no veía otra salvación para la empresa y estaba dispuesto a arriesgarse pidiéndole a Ambrosio su colaboración y así lo hizo.
Habíamos dejado a D. Anselmo y a Ambrosio en el despacho del primero y una vez que hemos expuesto lo que antecede, no es difícil adivinar que el Sr. Director le pediría a su empleado mostrar sus habilidades ante Kimono, en el cual seguro que harían mella, si las consideraba interesantes.
No le quedó mucho tiempo a Ambrosio para pensarlo, pues sonó el teléfono y una voz avisaba al Jefe Superior que los japoneses estaban listos para entrar en su despacho.
D. Anselmo se dirigió a Ambrosio y dándole una palmadita en la espalda le dijo se fuese para su sitio, que primero tenía que ver por donde giraba la conversación con Kimono y si era necesario su concurso le llamaría enseguida.
Entraron los nipones al despacho, precedidos por una secretaria, que se retiró una vez los acomodó frente a D. Anselmo y éste rompió el hielo ofreciéndoles un cigarro puro, que declinaron. Después hizo un gesto con la mano abierta como diciendo “adelante, que estoy a la espera de sus palabras”.
El intérprete comenzó a traducir lo que Kimono iba perorando, se supone que literalmente y ,efectivamente, D. Anselmo no se había equivocado, porque el japonés exponía su punto de vista, impecablemente comercial, de que lo conveniente, lógico de entender y sencillo de realizar, era poner en Yokohama una fábrica de tornillos reversos. Así se ahorrarían en los costes de producción, que podrían ir a parar o bien a bajar los precios para aumentar las ventas o bien a aumentar la cuenta de resultados.
El Señor Director General, consciente de que no podía perder esta batalla, mencionó la amistad que le había unido a Kahito, que sus tornillos eran inmejorables y todos los pedidos se habían servido con prontitud. Se había dado un amplio crédito a la empresa japonesa, que pagaba a voluntad y sin agobios, que montar una fábrica de tornillos reversos no era fácil, pues se necesitaban técnicos muy especializados. También había que contar con el tiempo para hacerlo y en el entretanto las fábricas de Estados Unidos se lanzarían como fieras a invadir los mercados donde Kimono había logrado imponer su ley.
Esto último le debió afectar al japonés, pues frunció el entrecejo, pero no pasó de ese gesto, aunque fue aprovechado por D. Anselmo para tomarse un respiro y ofrecer una copa de vino español, recurso ampliamente recurrido, valga la redundancia.
Con la copa en la mano, utilizó la otra para hacer sonar un timbre y a la llegada de la secretaria la comunicó que hiciese el favor de hacer entrar a Ambrosio, el de contabilidad.
Como si estuviese esperando a la puerta la llamada de su jefe, entró el solicitado con prontitud y haciendo una reverencia a los japoneses y una breve inclinación de cabeza al Sr. Director General, fue a sentarse donde éste le indicaba.
Dirigiendo su mirada al recién llegado, le dijo deleitase a los extranjeros con algunas de sus habilidades y Ambrosio comenzó a mover su oreja derecha, tal como ya hemos descrito más arriba.
Los japoneses le miraron con curiosidad y Kimono se levantó de la silla y movió primero una de sus orejas y después la otra y, para cerrar esta sesión, movió ambas a una velocidad casi supersónica. Esto hizo mella en Ambrosio, que se quedó patidifuso, pero D. Anselmo le conminó a que siguiera exhibiendo más habilidades.
El pobre empleado no podía negarse y sacó a relucir la de deletrear “constantinopolitano”, a lo que el japonés contraatacó con una seria de palabras casi el doble de largas, en acción capicúa.
Después cantó en el dialecto malgache, pero el japonés se arrancó con la canción “Francisco Alegre” en un dialecto de la isla de Mindanao del siglo XV antes de Cristo, según aclaró el intérprete.
Parecía que iba ganando el japonés, que miraba con ironía a Ambrosio y de vez en cuan do a D. Anselmo, como diciéndole “pero de qué vas, ignorante”.
El español pensó que algunas de las otras habilidades que dominaba no merecía la pena sacarlas a colación, pues se veía claramente que no impresionarían al japonés. Sin embargo, estaba seguro que lo que venía a continuación dejaría con los ojos cuadrados a Kimono. Se levantó de la silla y sobre la pierna derecha levantó la izquierda y llevó el pie hasta la oreja del lado derecho, es decir, al lado contrario. Se le alegró la cara, pensando que en esta ocasión el triunfo le sonreiría.
El japonés ni se inmutó, lo que hizo a D. Anselmo perder toda esperanza y así fue, porque Kimono se puso también de pie y asentó su pierna izquierda y llevó la derecha hasta la oreja, pero a la oreja del mismo lado, esto es, la del lado derecho, como si fuese de goma.
Los españoles no podían dar crédito a sus ojos, pues era una postura inconcebible y jamás se les hubiera podido ocurrir que tal cosa fuese factible.
Ambrosio quedó anonadado, viendo que era impotente en esta lid y pensó que nada tenía que hacer con las habilidades de su rival. Ya daba la fábrica por cerrada y en el paro, cuando no hacia ni media hora que estaba soñando con un aumento de sueldo.
Esta vez, ya cabreado, recurrió a su habilidad más controvertida, no por rivalizar, sino porque le apetecía sacarla en esos momentos, después de su fracaso y diciendo “a la mierda todo” (nunca mejor dicho), se tiró un cuesco que retumbó en la habitación como un trueno. Después, haciendo como que apuntaba con una ametralladora, fue dilatando cada pedo con intermitencia.
Una vez consumada esta “hazaña”, se dirigió a la puerta y salió hacia su mesa para recoger sus cosas, pues daba por sentado que ya nada tenía que hacer allí.
Echó una mirada a sus compañeros, asesina para Ramón, el chivato y se disponía a salir a la calle para irse a su casa y allí esperar acontecimientos, cuando se abrió bruscamente la puerta del despacho del jefe, que salía con cara sonriente. Le alcanzó casi en la puerta y le agarró del cuello y se lo llevó casi a rastras, ante su estupor.
Una vez en el despacho, el intérprete le dijo que el Sr. Kimono quería saber si eso lo hacía cuando quería, a lo que contestó, ya más tranquilo, que estaba en lo cierto.
Aunque no entendió las palabras, Kimono se dio cuenta de lo que decía y le animó a repetirlo, lo cual hizo Ambrosio, una vez todo seguido hasta que el japonés cortó el tiempo, otra con intermitencias, otra instantánea, como si fuese un estampido y de cualquier manera que Kimono apuntaba con el gesto.
Éste se quedó encantado y le preguntó varias veces si era posible que le enseñase a hacerlo, ante lo que Ambrosio contestó que eso no podía ser, que era completamente intransferible.
Kimono les tranquilizó sobre el asunto que le había traído a Madrid y prometió que seguirían las relaciones como hasta el presente, pero con la condición de que Ambrosio tendría que acudir a las reuniones de su Asociación, sin faltar ni una sola vez. Los gastos correrían de su cuenta y firmarían un contrato inmediatamente para que Ambrosio se comprometiera a quedarse en la empresa hasta su jubilación, pero eso sí, con un aumento de sueldo considerable.
Esa noche, celebraron con una cena pantagruélica el acuerdo y ya a los postres Kimono le pidió a Ambrosio tirarse el último pedo por el momento, pero el español se negó, ante lo cual el japonés achicó los ojos más de lo que los tenía. Esto le indicó a Ambrosio que no era conveniente negarse y ni corto ni perezoso soltó uno de los instantáneos que pareció un trueno; tanto es así, que la gente que había en el restaurante miró hacia las ventanas, sorprendida de no haber visto ningún relámpago.
Kimono se mostró satisfecho y una vez terminada la cena y tras una no muy larga sobremesa llevaron a los japoneses al hotel y los dos españoles se fueron a celebrar el éxito de su “invento” a una discoteca.
Kimono se fue pensando en el protagonismo que adquiriría en la presentación del español en la próxima reunión de su Asociación y los españoles para qué vamos a insistir en lo felices que se quedaron.


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